¡Vaya sablazo me han dado este mes con la factura de la luz! Yo no sé qué he hecho este mes que me ha venido una factura desorbitada. ¡Pero si la luz debería ser gratis! Con la de luz del Sol que hay durante el día debería ser un recurso ilimitado para nosotros. De hecho el Sol genera unas 300 veces las necesidades energéticas de toda la humanidad. En un segundo produce el equivalente a la energía liberada en 1000 millones de bombas nucleares como
las de Hiroshima.
No me quiero imaginar el momento en el que el encargado de encender el Sol recibe su factura de la luz. Le harían pagar alrededor de unos 200 millones de euros cada mes por mantener el Sol encendido. ¡Y yo me quejo!
Seguro que se pondría a hablar de ello con sus vecinos. Por ejemplo, hablando con el que se encarga de encender la estrella más cercana al Sol, Próxima Centauri:
- ¡200 millones de euros! Pero si yo lo hago para que los terrestres se
bañen en la playa a gustito y no con la piel de gallina...
- ¡Vaya pasada! ¡200 millones!
- Oye, ¿Y a ti cuánto te han cobrado este mes por encender Próxima Centauri?
- Pues unos 30000 euros.
- ¿Sólo eso?
- Sí, es que yo enciendo Próxima Centauri con bombillas de bajo consumo y sólo gasto una diezmilésima parte de lo que gastas tú.
- ¡Pues si tampoco gasto tanto! El otro día estuve hablando con el que enciende Vega y se gasta 37 veces más que yo.
- Sí. Yo lo comenté con el tipo aquel que tiene una estrella con nombre de robot, Cyg OB2-12. Él me ha dicho que produce 6 millones de veces más que tú, así que debe trabajar vendiendo terrenos en la Luna para poder pagar su recibo de la luz, porque eso no lo pago yo ni rompiendo la hucha de cerdito de mi primera comunión.
Pobrecillos... Allí van... Criticando al vecindario sin saber que en el Universo existen vecindarios de alto standing que pueden permitirse producir mucha más energía que todo eso. Las supernovas emiten 10000 millones de veces más que el Sol. Una galaxia normalita, 100000 millones de veces y una galaxia activa 100 millones de millones de veces más que el Sol.
¿Lo véis? Ya me he perdido otra vez con tantos ceros. Quien me diga que es capaz de imaginarse estos números se merece salir en el libro Guinness de los récords como la persona que puede contener el Universo entero en tan sólo el volumen de su cráneo.
Menos ceros tiene el rango de variación en la masa de una estrella. No existen estrellas con masas inferiores a un 7 % de la masa del Sol, porque con tan poca masa no pueden producir reacciones de fusión en su núcleo (condición indispensable para decir que es una estrella). Tampoco puede haber estrellas con masas superiores a 100 veces la solar, porque producirían energía de forma tan violenta que la estrella se desmembraría. ¡Eso está bien! Una estrella tiene entre un 7 % y 100 veces la masa del Sol. Esto me lo puedo imaginar.
Pero eso es en cuanto a estrellas se refiere. El agujero negro del centro de nuestra Galaxia tiene del orden de un millón de veces la masa solar. Y existen galaxias con miles de millones de masas solares concentradas en el centro de su agujero negro supermasivo.
¡Pues vaya! Que no me voy a poder escapar de tanto cero, o qué?
Voy a intentarlo de nuevo con las temperaturas de las estrellas. La superfície del Sol está a unos 6000 grados de temperatura. Pero las estrellas más frías tienen unos 350 grados de temperatura y las más calientes alcanzan hasta unos 80000 grados en su superfície. Aunque eso son las temperatura en la superfície. En el núcleo del Sol, hay una temperatura de unos 14 millones de grados.
¡Bah! Eso no es nada. En la Tierra hemos sido capaces de alcanzar temperaturas récord de unos 100 millones de grados. Así que por una vez ganamos al Sol.
Aunque no os hagáis ilusiones. Ganamos al Sol, pero no a las estrellas. Hay estrellas que en su interior puede haber miles de millones de grados. Así que tampoco en eso ganamos.
En fin, que parece ser que si quiero manejar números que no lleguen al millón en el campo de la astronomía, la única alternativa que me queda es mirar la cuenta corriente de un astrónomo. Bueno, al menos la mía. Quizás haya algún astrónomo de alto standing que trabaje paralelamente vendiendo terrenos en la Luna y se haya hecho rico como para poder pagar con comodidad su factura de la luz.
Índice
- El cómic de Gaia
- Gaia en "Historia y Vida"
- El vídeo de Gaia
- El tránsito de Venus 2012
- El cielo en verano (Entrevista La 2)
- Un cop d'ull a l'Univers 2012
- Entrevista sobre la Luna
- Respostes a l'Ossa Menor
- 01. La contaminación lumínica
- 02. Astronomia en la tele
- 03. ¿Pero se puede ser astrónomo?
- 04. El cielo nocturno
- 05. ¿Y me hago llamar astrónomo?
- 06. A ver si me sitúo...
- 07. ¿Y eso cómo lo saben?
- 08. El oro del Sol
- 09. Cuestión de tamaño
- 10. ¡Mira que eres pesado!
- 11. Geografía Universal
- 12. ¡Hágase la luz!
- 13. El secreto está en la masa
- 14. Y sin embargo se mueve
- 15. Una de vaqueros
- 16. Volare... Uooohooo...
- 17. Conociendo a las mujeres
- 18. A dos velas
- 19. Quiero aMarte
- 20. Una hora más en Canarias
- 21. Engullido por un gigante
- 22. ¿Quieres cubitos con tu bebida?
- 23. No todos podemos ser Mozart
- 24. Con el culo chamuscado
- 25. Paseando por el camino de leche
- 26. ¿Y eso qué año fue?
- 27. Un asunto muy grave
viernes, 26 de marzo de 2010
viernes, 19 de marzo de 2010
11. Geografía Universal
Por fín ayer me puse a correr de nuevo, después de algunos años contemplándome la barriga ha bastado saber que Saturno flota en el agua más que yo para decidirme. Dejando a un lado que hoy me duelen todos los músculos y que me puedo mover menos que antes de ponerme a correr (o sea, que hacer deporte creo que es malo para mi forma física, porque al correr mi cuerpo me es menos útil que si no corro), me he comprado un GPS para hacer rutas corriendo y no perderme en la montaña si algún día me decido a correr por el bosque para no estar respirando el humo de los coches.
A ver hacia dónde voy a correr... No tengo ni idea de adónde ir. Estoy abierto a sugerencias. Por suerte mi GPS es de esos modernos, de marca Tun Tún, que incluso te da sugerencias de sitios a los que visitar (es un botón del GPS llamado "Navegar al Tun Tún"). Selecciono esa opción y me pide cuántos quilómetros quiero recorrer.
Hoy me siento todo un machote. Pongamos que corro unos 10 km. A ver qué me propone. Mira, me dice que si quiero correr 10 km, lo único que tengo que hacer es correr toda la Avenida Diagonal de Barcelona de cabo a rabo.
Creo que me he comprado el GPS de los Jóvenes Castores, porque me dice que 10 km es la distancia que hay a las nubes más altas de la atmósfera y que los aviones van a 10-12 km de altura. ¡Qué curioso! Este cacharro que me he comprado está muy bien. Voy a explorar un poco más.
¿Qué distancia habrá de Barcelona a Lleida? Me dice que unos 150 km, los mismos que la altura a la que estan las auroras boreales en el cielo. Jo, jo. ¡Este GPS es la monda!
¿Y de Barcelona a Valencia? Unos 350 km. Como la altitud a la que la Estación Espacial Internacional da vueltas alrededor de la Tierra. ¿De Barcelona a Pontevedra? El radio de Plutón. ¿De Barcelona a Varsovia? El radio del planeta Mercurio. ¿De Barcelona a Atenas? El radio del planeta Marte. ¿De Barcelona a Otawa? El radio del planeta Venus. De Barcelona a Toronto, el radio de la Tierra.
Figura 2.10: Comparación de los planetas rocosos del Sistema Solar.
Ahora lo entiendo. Acabo de encontrar una opción del GPS llamada "El cielo al Tun Tún" en la que te permite navegar por el Universo... Dice que el radio de Neptuno y Urano es como ir a las antípodas de la Tierra, que el radio de Saturno es como dar una vuelta y media al mundo. Y el radio de Júpiter, el planeta más grande del Sistema Solar, es una vuelta al mundo y 3/4. (unos 70000 km de radio). Y que el radio del Sol es como dos veces la distancia de la Tierra a la Luna. ¡Uau!
Comparación de los planetas del Sistema Solar y el Sol.
¿Meter el Sistema Solar en un campo de fútbol? ¿Cómo? En fín, voy a darle a Aceptar a ver qué me sale... ¡Anda! Te muestra las distancias de los planetas al Sol como si el Sol estuviera en una portería de un campo de fútbol y el (anteriormente conocido como) planeta más alejado (Plutón) estuviera en la otra portería.
Órbitas de los planetas del Sistema Solar en un campo de fútbol con el Sol y Plutón, el planeta más alejado, en cada portería.
Pues me parece que la pelota debe estar en el área del Sol porque casi todos los planetas están su área. Seguramente estén lanzando un córner. Pues que tenga cuidado el equipo de Plutón y no se confíe porque sólo se han quedado en su campo para defender Urano y Neptuno. Como haya un contraataque...
¿Y las estrellas? ¿Cómo serán? No, no me refiero a las estrellas del partido de fútbol, que en este caso sólo sería el Sol, sino cómo son las otras estrellas de la Galaxia con respecto al Sol. ¿El Sol es muy grande o muy pequeño?
Hombre, lo de que el Sol fuera dos veces la distancia a la Luna a mi me ha impactado, la verdad. Así que el Sol pequeñito no debe ser. De hecho la estrella más pequeña conocida tiene un tamaño igual a sólo un octavo del tamaño del Sol, es decir, sólo un poco mayor que Júpiter.
Pero resulta que se conocen estrellas con un radio unas 2000 veces más grandes que el Sol, o sea 700000 millones de veces más grandes que una persona de 1.80m como yo.
¿Creéis que hemos acabado con el tamaño de las estrellas? En nuestra galaxia hay unos 100000 millones de estrellas. Las galaxias se agrupan en
viernes, 12 de marzo de 2010
10 ¡Mira que eres pesado!
Ya sabemos determinar la distancia a las estrellas, su temperatura, su
composición, su brillo intrínseco, su tamaño. ¿Qué nos falta?
Pues yo aún tengo una duda. ¿Cómo se debe saber la masa de las estrellas?
La masa es lo que hace que los cuerpos del Universo se atraigan unos a otros. Cuanta más masa, más capacidad de atracción tiene el cuerpo en cuestión.
Bueno. . . Pues supongo que las estrellas más grandes serán las más masivas, ¿no? ¡Ale!, problema resuelto.
Ya estoy más tranquilo. Claro, tiene lógica. Las más grandes son las más masivas. Tiene que ser así. Venga, me voy a relajar y a tomar un baño.
Ya estoy en el baño tranquilito. El agua aún está calentita y no tengo ganas de salir tan pronto. Voy a leer un libro. De astronomía, por supuesto.
Mira qué fotos más chulas. Esto es... Saturno.
¡Uau! Aquí dice que Saturno flotaría en el agua. No puedo evitar mirar mis chichas hundidas en el agua y pensar que debo estar muy gordo si yo me
hundo en el agua y Saturno, que es 10 veces más grande que la Tierra, flota.
¡Ah! Me dice aquí que lo que pasa es que Saturno es menos denso que el agua y por eso flota. Es decir, que la materia en Saturno no está tan densa y apilotonada y por eso en un mismo volumen mi barriga tiene más materia que Saturno y por eso se hunde. ¡Qué depresión! Me voy a comer un chocolate.
O sea, que mi argumento de que a mayor tamaño más masivo es un objeto es falso. No es lo mismo coger un tapón de corcho que el mismo volumen, pero de plomo.
Entonces, Si no me puedo fiar de su tamaño . . . ¿Cómo voy a saber la masa de las estrellas?
¡Mmmm. . . Qué bueno está el chocolate! Pero debería hacer deporte. En fin... Siempre puedo irme a la Luna y pesaría menos. Todo el mundo recuerda
a los astronautas dando saltitos por la Luna y cayendo poco a poco. Eran
ligeros como una pluma.
Espera un momento. . . ¿Por qué pasa eso? ¿Porqué los astronautas, que tienen la misma barriguita que en la Tierra, cuando van a la Luna pesan menos?
La diferencia entre la Tierra y la Luna, es que ésta es menos masiva y por tanto atrae con menos fuerza los cuerpos hacia su superficie.
De igual manera, si un cuerpo está orbitando una estrella, cuanta más masa tenga esta estrella menos tardará el cuerpo en dar una vuelta a su alrededor. Más rápido la orbita. Parece lógico, ¿no?
Pues ya tenemos el problema solucionado. Miramos una estrella doble,
de esas que dan vueltas una alrededor de la otra y miramos cuánto tardan
en volver a la misma posición. Eso nos da información sobre la masa de las estrellas binarias. Cuanto menos tarden, más masa.
Una vez sabemos la masa de las estrellas en un sistema doble, podemos
pararnos a analizar cómo es esa masa en función de la luz que emiten. Cuando
hacemos esto vemos que existe una relación entre la luz emitida en una estrella y su masa.
Si determinamos cómo depende la luminosidad de una estrella de su masa mediante las estrellas dobles, esta misma relación la podemos aplicar a las estrellas aisladas. Es decir, ahora tendremos una ley que nos dice que tal
estrella que brilla tanto debe tener una masa igual a tanto.
Hay también otro método que se empieza a utilizar también para saber la masa de las estrellas aisladas. Para ello necesitamos hablar de nuestro amigo
Einstein y la Relatividad. La Relatividad nos dice que la luz se comporta
como si fuera un cuerpo con masa. O sea, que podría llegar a pasar que si un
objeto tuviera mucha masa fuera capaz de atraer un rayo de luz (o al menos
hacerle cosquillitas).
Es decir, que si un rayo de luz pasa muy cerca de una estrella en su camino
hacia la Tierra, el rayo en cuestión se desviará de su camino inicial tomando
otra dirección. Veremos cómo las estrellas más lejanas se ven en una posición ligeramente diferente en el cielo.
Cuanto más diferente sea esta posición más masa tiene la estrella que está desviando la luz. Y voilá, ya tenemos la masa de la estrella.
Haz click aquí para ver animación de cómo las estrellas de fondo cambian su posición al pasar una estrella por delante de ellas.
composición, su brillo intrínseco, su tamaño. ¿Qué nos falta?
Pues yo aún tengo una duda. ¿Cómo se debe saber la masa de las estrellas?
La masa es lo que hace que los cuerpos del Universo se atraigan unos a otros. Cuanta más masa, más capacidad de atracción tiene el cuerpo en cuestión.
Bueno. . . Pues supongo que las estrellas más grandes serán las más masivas, ¿no? ¡Ale!, problema resuelto.
Ya estoy más tranquilo. Claro, tiene lógica. Las más grandes son las más masivas. Tiene que ser así. Venga, me voy a relajar y a tomar un baño.
Ya estoy en el baño tranquilito. El agua aún está calentita y no tengo ganas de salir tan pronto. Voy a leer un libro. De astronomía, por supuesto.
Mira qué fotos más chulas. Esto es... Saturno.
Saturno, el segundo planeta más grande de nuestro Sistema Solar,
mucho más grande que la Tierra, flotaría en el agua debido a su baja densidad.
¡Uau! Aquí dice que Saturno flotaría en el agua. No puedo evitar mirar mis chichas hundidas en el agua y pensar que debo estar muy gordo si yo me
hundo en el agua y Saturno, que es 10 veces más grande que la Tierra, flota.
¡Ah! Me dice aquí que lo que pasa es que Saturno es menos denso que el agua y por eso flota. Es decir, que la materia en Saturno no está tan densa y apilotonada y por eso en un mismo volumen mi barriga tiene más materia que Saturno y por eso se hunde. ¡Qué depresión! Me voy a comer un chocolate.
O sea, que mi argumento de que a mayor tamaño más masivo es un objeto es falso. No es lo mismo coger un tapón de corcho que el mismo volumen, pero de plomo.
Entonces, Si no me puedo fiar de su tamaño . . . ¿Cómo voy a saber la masa de las estrellas?
¡Mmmm. . . Qué bueno está el chocolate! Pero debería hacer deporte. En fin... Siempre puedo irme a la Luna y pesaría menos. Todo el mundo recuerda
a los astronautas dando saltitos por la Luna y cayendo poco a poco. Eran
ligeros como una pluma.
Espera un momento. . . ¿Por qué pasa eso? ¿Porqué los astronautas, que tienen la misma barriguita que en la Tierra, cuando van a la Luna pesan menos?
La diferencia entre la Tierra y la Luna, es que ésta es menos masiva y por tanto atrae con menos fuerza los cuerpos hacia su superficie.
De igual manera, si un cuerpo está orbitando una estrella, cuanta más masa tenga esta estrella menos tardará el cuerpo en dar una vuelta a su alrededor. Más rápido la orbita. Parece lógico, ¿no?
Pues ya tenemos el problema solucionado. Miramos una estrella doble,
de esas que dan vueltas una alrededor de la otra y miramos cuánto tardan
en volver a la misma posición. Eso nos da información sobre la masa de las estrellas binarias. Cuanto menos tarden, más masa.
Una vez sabemos la masa de las estrellas en un sistema doble, podemos
pararnos a analizar cómo es esa masa en función de la luz que emiten. Cuando
hacemos esto vemos que existe una relación entre la luz emitida en una estrella y su masa.
Si determinamos cómo depende la luminosidad de una estrella de su masa mediante las estrellas dobles, esta misma relación la podemos aplicar a las estrellas aisladas. Es decir, ahora tendremos una ley que nos dice que tal
estrella que brilla tanto debe tener una masa igual a tanto.
Hay también otro método que se empieza a utilizar también para saber la masa de las estrellas aisladas. Para ello necesitamos hablar de nuestro amigo
Einstein y la Relatividad. La Relatividad nos dice que la luz se comporta
como si fuera un cuerpo con masa. O sea, que podría llegar a pasar que si un
objeto tuviera mucha masa fuera capaz de atraer un rayo de luz (o al menos
hacerle cosquillitas).
Es decir, que si un rayo de luz pasa muy cerca de una estrella en su camino
hacia la Tierra, el rayo en cuestión se desviará de su camino inicial tomando
otra dirección. Veremos cómo las estrellas más lejanas se ven en una posición ligeramente diferente en el cielo.
Cuanto más diferente sea esta posición más masa tiene la estrella que está desviando la luz. Y voilá, ya tenemos la masa de la estrella.
Haz click aquí para ver animación de cómo las estrellas de fondo cambian su posición al pasar una estrella por delante de ellas.
viernes, 5 de marzo de 2010
9. Cuestión de tamaño
Cuando era pequeño y miraba el cielo sólo veía tres o cuatro estrellas, las más brillantes. Me sentía con suerte de que hubiera estrellas lo suficientemente brillantes como para brillar más que el cielo de la ciudad. Así que me pregunté qué hacía especiales a aquellas estrellas para brillar más que las demás.
Era una pregunta a la que no encontré una respuesta fácil. Es decir, yo me imaginaba las estrellas como linternas flotando en el espacio. Cogí la linterna de mi casa, la encendí y me fui alejando hasta verla como un puntito. Mi linterna no brillaba mucho desde tan lejos. Pero cuando me la iba acercando más y más al ojo, mi pupila se contraía hasta que era incluso capaz de deslumbrarme. O sea, que con la distancia las estrellas también debían brillar menos. ¿Quiere eso decir que las estrellas que brillan más en el cielo son las más cercanas a nosotros? Pues no necesariamente.
En los platós de televisión tienen unos focos muy grandes, mucho más potentes que mi pequeña linterna. Si colocara uno de esos focos a la misma distancia que mi linterna, está claro que el foco de televisión brillaría mucho más, deslumbrándome incluso desde lejos. ¡Pues vaya! Llegaba a un callejón sin salida. ¿Cómo voy a saber yo si las estrellas más brillantes del cielo son estrellas más cercanas o si brillan más porque emiten más luz que las otras.
Espera. . . Quizás cuando era un crío no lo podía saber, pero ahora sí. Ya sé calcular la distancia a las estrellas (ver entrada 7 de este blog). Así que en realidad sé también cómo de potentes son los faros estelares. Sé cuál es su brillo intrínseco.
Asi pues, ¿qué opináis? Si calculamos el brillo intrínseco de todas las estrellas corrigiendo el factor de la distancia, ¿qué veremos? ¿Que todas las estrellas brillan igual intrínsecamente y algunas las vemos más brillantes sólo porque están más cerca? ¿O realmente no todas las estrellas emiten la misma cantidad de luz? No sé que habréis contestado pero la segunda opción es la correcta: No todas emiten igual.
¿Y cómo puede ser que haya estrellas que brillan más que otras? A ver si me sé la respuesta... Pensemos... Como las estrellas brillan por el hecho de estar calientes (ver entrada 8 de este blog), seguro que las estrellas que brillan más son las que están más calientes, ¿no?
¿Os acordáis de cómo se sabe la temperatura de una estrella? Pues bien, si miramos cómo depende el brillo intrínseco de la temperatura tenemos la siguiente figura:
En esta figura hemos pintado en vertical la luminosidad de las estrellas, lo que emiten, y en el eje horizontal la temperatura (con las estrellas más frías a la derecha y las más calientes a la izquierda).
Vemos que, efectivamente, las estrellas más calientes emiten más que las más frías en general, pero no siempre. Hay algunas estrellas frías (o sea, rojas) que brillan mucho (parte superior derecha de la Fig. 2.7). ¿Cómo puede ser?
Eso no me fue tan difícil de imaginar. Simplemente me imaginé qué pasaría si juntaba muchas linternas debiluchas como la mía y las ponía todas juntas. Si comparara la luz sumada de todas las linternas seguro que brillaría más que el foco de televisión que me deslumbraba. Por ejemplo, la pantalla de la tele o del ordenador, está compuesta de muchas luces pequeñas (píxeles o LEDS, depende del tipo de tele) que, juntas, pueden incluso iluminar el comedor de mi casa cuando veo una peli de miedo con las luces apagadas, pero que una por una no ilumina casi nada.
No estoy diciendo que aquellas estrellas frías que brillan más que las más calientes en realidad sean muchas estrellas juntitas. Sino que simplemente son estrellas más grandes (con mayor superfície emisora) y brillan tanto como las más calientes pero más pequeñas. Así que para saber el tamaño de una estrella basta con ver cuanta luz emite y, sabiendo la temperatura, ya tenemos su tamaño.
Y aunque parezca mentira, este método para averiguar el tamaño de las estrellas a partir de lo que brilla intrínsecamente es más fácil que el método directo, es decir, mirar la estrella con muchos aumentos y medir su tamaño. Este último método sí que se utiliza para medir el tamaño de los planetas y estrellas más cercanas, pero con las estrellas lejanas necesitamos muchos más aumentos para distinguirlos como cosas no puntuales y saber su tamaño, lo cual es difícil de conseguir.
Una última esperanza nos queda para medir el tamaño de esas estrellas lejanas sin la ayuda de su luminosidad. Y esa esperanza pasa por que forme parte de un sistema binario eclipsante. Un sistema binario son dos estrellas que giran una en torno a la otra. Se llama eclipsante si estan alineadas con la Tierra, de forma que cuando una pasa frente a la otra, aquella produce un eclipse. Durante estos eclipses, la cantidad de luz que recibimos es menor (o mayor, dependiendo de si la estrella que eclipsa es menos brillante o más brillante que la otra). Mirando lo que dura el eclipse, es decir el tiempo que una estrella tarda en pasar por delante de la otra, se puede saber el tamaño de las estrellas si sabemos la distancia al sistema. Ingenioso, ¿no?
Era una pregunta a la que no encontré una respuesta fácil. Es decir, yo me imaginaba las estrellas como linternas flotando en el espacio. Cogí la linterna de mi casa, la encendí y me fui alejando hasta verla como un puntito. Mi linterna no brillaba mucho desde tan lejos. Pero cuando me la iba acercando más y más al ojo, mi pupila se contraía hasta que era incluso capaz de deslumbrarme. O sea, que con la distancia las estrellas también debían brillar menos. ¿Quiere eso decir que las estrellas que brillan más en el cielo son las más cercanas a nosotros? Pues no necesariamente.
En los platós de televisión tienen unos focos muy grandes, mucho más potentes que mi pequeña linterna. Si colocara uno de esos focos a la misma distancia que mi linterna, está claro que el foco de televisión brillaría mucho más, deslumbrándome incluso desde lejos. ¡Pues vaya! Llegaba a un callejón sin salida. ¿Cómo voy a saber yo si las estrellas más brillantes del cielo son estrellas más cercanas o si brillan más porque emiten más luz que las otras.
Espera. . . Quizás cuando era un crío no lo podía saber, pero ahora sí. Ya sé calcular la distancia a las estrellas (ver entrada 7 de este blog). Así que en realidad sé también cómo de potentes son los faros estelares. Sé cuál es su brillo intrínseco.
Asi pues, ¿qué opináis? Si calculamos el brillo intrínseco de todas las estrellas corrigiendo el factor de la distancia, ¿qué veremos? ¿Que todas las estrellas brillan igual intrínsecamente y algunas las vemos más brillantes sólo porque están más cerca? ¿O realmente no todas las estrellas emiten la misma cantidad de luz? No sé que habréis contestado pero la segunda opción es la correcta: No todas emiten igual.
¿Y cómo puede ser que haya estrellas que brillan más que otras? A ver si me sé la respuesta... Pensemos... Como las estrellas brillan por el hecho de estar calientes (ver entrada 8 de este blog), seguro que las estrellas que brillan más son las que están más calientes, ¿no?
¿Os acordáis de cómo se sabe la temperatura de una estrella? Pues bien, si miramos cómo depende el brillo intrínseco de la temperatura tenemos la siguiente figura:
Diagrama Hertzprung-Russell. Este diagrama muestra que las estrellas de cierta
temperatura no pueden tener cualquier brillo intrínseco.
La mayoría se concentran en una línea que cruza el diagrama en diagonal,
aunque también hay estrellas fuera de esta secuencia principal.
En esta figura hemos pintado en vertical la luminosidad de las estrellas, lo que emiten, y en el eje horizontal la temperatura (con las estrellas más frías a la derecha y las más calientes a la izquierda).
Vemos que, efectivamente, las estrellas más calientes emiten más que las más frías en general, pero no siempre. Hay algunas estrellas frías (o sea, rojas) que brillan mucho (parte superior derecha de la Fig. 2.7). ¿Cómo puede ser?
Eso no me fue tan difícil de imaginar. Simplemente me imaginé qué pasaría si juntaba muchas linternas debiluchas como la mía y las ponía todas juntas. Si comparara la luz sumada de todas las linternas seguro que brillaría más que el foco de televisión que me deslumbraba. Por ejemplo, la pantalla de la tele o del ordenador, está compuesta de muchas luces pequeñas (píxeles o LEDS, depende del tipo de tele) que, juntas, pueden incluso iluminar el comedor de mi casa cuando veo una peli de miedo con las luces apagadas, pero que una por una no ilumina casi nada.
No estoy diciendo que aquellas estrellas frías que brillan más que las más calientes en realidad sean muchas estrellas juntitas. Sino que simplemente son estrellas más grandes (con mayor superfície emisora) y brillan tanto como las más calientes pero más pequeñas. Así que para saber el tamaño de una estrella basta con ver cuanta luz emite y, sabiendo la temperatura, ya tenemos su tamaño.
Y aunque parezca mentira, este método para averiguar el tamaño de las estrellas a partir de lo que brilla intrínsecamente es más fácil que el método directo, es decir, mirar la estrella con muchos aumentos y medir su tamaño. Este último método sí que se utiliza para medir el tamaño de los planetas y estrellas más cercanas, pero con las estrellas lejanas necesitamos muchos más aumentos para distinguirlos como cosas no puntuales y saber su tamaño, lo cual es difícil de conseguir.
Una última esperanza nos queda para medir el tamaño de esas estrellas lejanas sin la ayuda de su luminosidad. Y esa esperanza pasa por que forme parte de un sistema binario eclipsante. Un sistema binario son dos estrellas que giran una en torno a la otra. Se llama eclipsante si estan alineadas con la Tierra, de forma que cuando una pasa frente a la otra, aquella produce un eclipse. Durante estos eclipses, la cantidad de luz que recibimos es menor (o mayor, dependiendo de si la estrella que eclipsa es menos brillante o más brillante que la otra). Mirando lo que dura el eclipse, es decir el tiempo que una estrella tarda en pasar por delante de la otra, se puede saber el tamaño de las estrellas si sabemos la distancia al sistema. Ingenioso, ¿no?
Midiendo lo que tarda una estrella en pasar por delante de otra en un sistema doble
podemos saber el tamaño de las estrellas del sistema.
viernes, 26 de febrero de 2010
8. El oro del Sol
- Hola, Robert.
- Hola, Robert. Te he dicho mil veces que no nos llamemos Robert el uno al otro.
Ya sé que tú te llamas Robert Wilhem Bunsen y yo soy Gustav Robert Kirchhoff, pero nos vamos a hacer un lío si nos llamamos Robert el uno al otro. Así que yo llamaré Bunsen y tú me llamas a mí Kirchhoff, ¿vale?
- Sí, ya lo sé, Kirchhoff. Me lo has dicho mil veces. Sólo lo hacía para hacerte rabiar. Oye, por cierto, ¿has visto mi mechero? Siempre lo pierdo.
- Sí, lo he usado yo esta mañana para quemar unas cosas.
- Hablando de quemar... ¿Te has asomado a la ventana hoy?
- No, estaba concentrado acabando nuestro experimento con el espectrógrafo. Estoy quemando elementos y analizando la luz que emiten. Ya casi he terminado.
- Pues hay un gran incendio en la ciudad. Míralo.
-¡Uau! Cuánto humo.
-Sí y las llamas... ¡qué color más raro tienen!
-¡Ostras! Se parecen a... ¡Qué te apuestas que soy capaz de decirte qué es lo que se está quemando.
-¡Venga ya!
-Sí, sí... Precisamente esta mañana he estado quemando sodio y el color de las llamas que ví se parecen mucho a estas. ¿Qué te parece si hacemos pasar la luz de las llamas del incencio por el espectrógrafo y comparamos su espectro con el que obtuve yo esta mañana. Estoy convencido de que tengo razón.
Así me imagino que debió ir más o menos la conversación aquel dia del siglo XIX en el que Kirchhoff y Bunsen descubrieron que se podía saber la composición de las cosas analizando la luz que emitían mediante el espectrógrafo. Efectivamente, lo que aquel dia quemaba era una fábrica de salazones y la sal está compuesta de sodio y cloro. Así que Kirchhoff ganó la apuesta.
Una versión sencilla de un espectrógrafo es simplemente un prisma de vidrio que descompone la luz blanca en los colores de los que está compuesta.
Pues bien, el sodio, igual que los otros elementos de la tabla periódica, resulta que cuando quema no emite todos los colores del arco iris sino unos colores nada más. El resto del arco iris se vé oscuro en el espectro. El conjunto de colores que emite cada elemento son como sus huellas dactilares. Cada elemento emite su propia combinación de colores.
El propio Kirchhoff tuvo la idea de llevar su experimento más allá. Si había sido capaz de saber qué estaba quemando en la fábrica de la otra punta de la ciudad, también debía ser capaz de saber de qué está compuesto el Sol analizando su luz, ¿no?
Y efectivamente, Kirchhoff fue el primero en identificar la composición del Sol, que está básicamente compuesto de hidrógeno y helio. Posteriormente el mismo método se aplicó también para saber la composición de las estrellas, aún más lejanas que el Sol, viendo que se componen básicamente de los mismos elementos.
Es decir, que nuevamente sin necesidad de movernos de nuestra ciudad podemos
llegar a saber cosas sobre el Universo que quizás nunca lleguemos a ver in situ pero que podemos saber, por ejemplo, que se compone de los mismos elementos que hay quemándose en las fábricas en nuestra ciudad.
Desde nuestro rincón del Universo también es posible saber la temperatura de las estrellas. En el espacio no hay aire. Las estrellas estan “envasadas al vacío" y todo el mundo sabe (bueno, todos excepto George Lucas) que en el vacío no puede haber explosiones ni combustión, porque para ello se necesita oxígeno. Así que las estrellas no brillan porque estén quemando nada, sino simplemente por estar a una temperatura muy alta. Sí, de igual modo que cuando calentamos mucho un metal, éste empieza a ponerse rojo y a brillar más y más cuanta más temperatura alcanza, las estrellas también brillan por el hecho de estar tan calientes (la superfície del Sol, por ejemplo, está a unos 6000 grados de temperatura).
Y el color también cambia con la temperatura. A medida que un cuerpo se va calentando primero se vuelve rojo, pero con más temperatura va recorriendo todos los colores del arco iris. Se vuelve amarillento, azulado y violeta. Si os fijáis bien, las estrellas del cielo tienen colores ligeramente distintos. Hay algunas más rojizas y otras más azuladas. Sólo con eso ya podéis quedar bien con vuestros amigos y un día que vayáis a ver las estrellas les podéis decir que aquella estrella azul del cielo tiene que estar más caliente que la roja que se vé allí.
El ser humano también brilla por el hecho de estar a 37 grados de temperatura.
Nosotros emitimos luz. Pero como nuestra temperatura es tan pequeña (comparada con la de las estrellas) emitimos luz infrarroja, es decir, calor. Por eso el extraterrestre de ’Predator’ es capaz de encontrarnos en el bosque detrás de las ramas, porque somos bombillas infrarrojas y le estamos marcando el camino.
Pero volvamos a ver cómo le va a la bombilla humana llamada Kirchhoff:
- Buenas.
- Hola, Mr. Kirchhoff. Encantado de verle de nuevo. Entre a mi despacho, entre.
- Yo también me alegro de verle.
- ¿A qué debo su visita?
- Necesitaría extraer unos cuantos marcos de su banco para pagar unos asuntillos.
- Claro, claro. Ahora se lo arreglo. Por cierto, que he leído en la prensa que ha conseguido averiguar de qué está hecho el Sol.
- Pues sí. Se trata de...
- No sé para qué pierde el tiempo con eso... A ver... Imagínese que encuentra oro en el Sol. ¿De qué serviría saberlo si no podemos ir allí y traernoslo a la Tierra.
- Bueno. . .
- Nada, nada. Le digo yo que es una pérdida de tiempo. Así... ¿cuantos marcos terrestres necesita?
¡Vaya! Kirchhoff no supo muy bien qué contestar a eso. Aunque cuenta la leyenda que cuando, un tiempo después, a Kirchhoff le otorgaron una medalla de oro y un saco de monedas en reconocimiento de sus descubrimientos, lo primero que hizo Kirchhoff fue pasárselo al ”simpático” banquero con una nota que decía "Aquí tiene usted el oro del Sol’.
- Hola, Robert. Te he dicho mil veces que no nos llamemos Robert el uno al otro.
Ya sé que tú te llamas Robert Wilhem Bunsen y yo soy Gustav Robert Kirchhoff, pero nos vamos a hacer un lío si nos llamamos Robert el uno al otro. Así que yo llamaré Bunsen y tú me llamas a mí Kirchhoff, ¿vale?
- Sí, ya lo sé, Kirchhoff. Me lo has dicho mil veces. Sólo lo hacía para hacerte rabiar. Oye, por cierto, ¿has visto mi mechero? Siempre lo pierdo.
- Sí, lo he usado yo esta mañana para quemar unas cosas.
- Hablando de quemar... ¿Te has asomado a la ventana hoy?
- No, estaba concentrado acabando nuestro experimento con el espectrógrafo. Estoy quemando elementos y analizando la luz que emiten. Ya casi he terminado.
- Pues hay un gran incendio en la ciudad. Míralo.
-¡Uau! Cuánto humo.
-Sí y las llamas... ¡qué color más raro tienen!
-¡Ostras! Se parecen a... ¡Qué te apuestas que soy capaz de decirte qué es lo que se está quemando.
-¡Venga ya!
-Sí, sí... Precisamente esta mañana he estado quemando sodio y el color de las llamas que ví se parecen mucho a estas. ¿Qué te parece si hacemos pasar la luz de las llamas del incencio por el espectrógrafo y comparamos su espectro con el que obtuve yo esta mañana. Estoy convencido de que tengo razón.
Así me imagino que debió ir más o menos la conversación aquel dia del siglo XIX en el que Kirchhoff y Bunsen descubrieron que se podía saber la composición de las cosas analizando la luz que emitían mediante el espectrógrafo. Efectivamente, lo que aquel dia quemaba era una fábrica de salazones y la sal está compuesta de sodio y cloro. Así que Kirchhoff ganó la apuesta.
Una versión sencilla de un espectrógrafo es simplemente un prisma de vidrio que descompone la luz blanca en los colores de los que está compuesta.
La portada del disco ’Dark side of the Moon’ de Pink Floyd muestra cómo un vidrio
con forma de prisma puede separar la luz blanca en los colores de los que se compone.
Pues bien, el sodio, igual que los otros elementos de la tabla periódica, resulta que cuando quema no emite todos los colores del arco iris sino unos colores nada más. El resto del arco iris se vé oscuro en el espectro. El conjunto de colores que emite cada elemento son como sus huellas dactilares. Cada elemento emite su propia combinación de colores.
El propio Kirchhoff tuvo la idea de llevar su experimento más allá. Si había sido capaz de saber qué estaba quemando en la fábrica de la otra punta de la ciudad, también debía ser capaz de saber de qué está compuesto el Sol analizando su luz, ¿no?
Y efectivamente, Kirchhoff fue el primero en identificar la composición del Sol, que está básicamente compuesto de hidrógeno y helio. Posteriormente el mismo método se aplicó también para saber la composición de las estrellas, aún más lejanas que el Sol, viendo que se componen básicamente de los mismos elementos.
Al espectro del Sol le faltan unos colores. Son los que han absorbido los
gases de su atmósfera (básicamente hidrógeno y helio).
Y además es curioso que estos elementos sean elementos que también se encuentran en la Tierra. Es decir. El cielo no está hecho de materiales extraños que nosotros, los mortales, no podemos entender, sino que las estrellas estan hechas del hidrógeno y el helio con el que juegan los niños con sus globos con forma de Piolín o Rayo McQueen.Es decir, que nuevamente sin necesidad de movernos de nuestra ciudad podemos
llegar a saber cosas sobre el Universo que quizás nunca lleguemos a ver in situ pero que podemos saber, por ejemplo, que se compone de los mismos elementos que hay quemándose en las fábricas en nuestra ciudad.
Desde nuestro rincón del Universo también es posible saber la temperatura de las estrellas. En el espacio no hay aire. Las estrellas estan “envasadas al vacío" y todo el mundo sabe (bueno, todos excepto George Lucas) que en el vacío no puede haber explosiones ni combustión, porque para ello se necesita oxígeno. Así que las estrellas no brillan porque estén quemando nada, sino simplemente por estar a una temperatura muy alta. Sí, de igual modo que cuando calentamos mucho un metal, éste empieza a ponerse rojo y a brillar más y más cuanta más temperatura alcanza, las estrellas también brillan por el hecho de estar tan calientes (la superfície del Sol, por ejemplo, está a unos 6000 grados de temperatura).
La lava que sale de los volcanes está tan caliente que emite luz propia.
De igual manera, el Sol emite luz.
Y el color también cambia con la temperatura. A medida que un cuerpo se va calentando primero se vuelve rojo, pero con más temperatura va recorriendo todos los colores del arco iris. Se vuelve amarillento, azulado y violeta. Si os fijáis bien, las estrellas del cielo tienen colores ligeramente distintos. Hay algunas más rojizas y otras más azuladas. Sólo con eso ya podéis quedar bien con vuestros amigos y un día que vayáis a ver las estrellas les podéis decir que aquella estrella azul del cielo tiene que estar más caliente que la roja que se vé allí.
El ser humano también brilla por el hecho de estar a 37 grados de temperatura.
Nosotros emitimos luz. Pero como nuestra temperatura es tan pequeña (comparada con la de las estrellas) emitimos luz infrarroja, es decir, calor. Por eso el extraterrestre de ’Predator’ es capaz de encontrarnos en el bosque detrás de las ramas, porque somos bombillas infrarrojas y le estamos marcando el camino.
Pero volvamos a ver cómo le va a la bombilla humana llamada Kirchhoff:
- Buenas.
- Hola, Mr. Kirchhoff. Encantado de verle de nuevo. Entre a mi despacho, entre.
- Yo también me alegro de verle.
- ¿A qué debo su visita?
- Necesitaría extraer unos cuantos marcos de su banco para pagar unos asuntillos.
- Claro, claro. Ahora se lo arreglo. Por cierto, que he leído en la prensa que ha conseguido averiguar de qué está hecho el Sol.
- Pues sí. Se trata de...
- No sé para qué pierde el tiempo con eso... A ver... Imagínese que encuentra oro en el Sol. ¿De qué serviría saberlo si no podemos ir allí y traernoslo a la Tierra.
- Bueno. . .
- Nada, nada. Le digo yo que es una pérdida de tiempo. Así... ¿cuantos marcos terrestres necesita?
¡Vaya! Kirchhoff no supo muy bien qué contestar a eso. Aunque cuenta la leyenda que cuando, un tiempo después, a Kirchhoff le otorgaron una medalla de oro y un saco de monedas en reconocimiento de sus descubrimientos, lo primero que hizo Kirchhoff fue pasárselo al ”simpático” banquero con una nota que decía "Aquí tiene usted el oro del Sol’.
viernes, 19 de febrero de 2010
7. ¿Y eso cómo lo saben?
No me creo a los astrónomos. ¡Ellos qué sabrán! Pero si están hablando de cosas que nadie ha comprobado. ¡Eso son teorías! A ver... ¡cómo van a saber a qué distancia están las estrellas? ¡Y hasta se atreven a decirme la temperatura! ¿Acaso ha ido alguien con un termómetro para ver que eso es así?
Así que me puse a indagar por qué dicen los astrónomos que saben todas esas cosas. Es lo bueno de la ciencia, que se construye poco a poco, sin prisas, y todo en base a experimentos que se pueden repetir. Así que no me tengo que fiar de lo que diga un astrónomo griego, sino que si le quiero buscar las cosquillas puedo repetir el mismo experimento y ver si tiene razón.
Y tras tanto indagar, resulta que la respuesta no es que estuviera todo el tiempo delante de mis ojos, sino que estaba en mis mismos ojos. ¿Os habéis preguntado alguna vez para qué tenemos dos ojos? Mi madre me repetía esa pregunta varias veces al día (sobretodo cuando me tropezaba en casa con algún jarrón y lo rompía ¿Para qué tienes dos ojos en la cara?, me decía con un enfado mal contenido). La respuesta es que tenemos dos ojos para ver en tres dimensiones. Es decir, si sólo tuviéramos un ojo veríamos el mundo como si fuéramos una cámara de fotos, sin sensación de profundidad. Todos los objetos creeríamos que están a la misma distancia de nosotros, como si de una foto se tratase. Pero con dos ojos cada uno ve los objetos desde un ángulo distinto y ligeramente distintos en función de la distancia a la que estén. Es el típico juego de ver el dedo de tu mano a diferentes distancias de tus ojos cerrando un ojo cada vez. Cuanto más cerca esté el dedo veremos que con cada ojo lo vemos en una posición diferente. Parece que se mueve. Se proyecta contra los objetos de fondo de forma distinta. Y cuanto más lejos, menos parece moverse el dedo. Es un efecto curioso (aunque advierto que este juego es sólo medianamente interesante si tienes que esperar durante mucho tiempo y no hay otra cosa mejor que hacer). Así pues, mi madre tenía razón. Para saber a qué distancia estaba el jarrón debía mirarlo con los dos ojos y así quizás no lo hubiera tirado porque habría sabido a qué distancia estaba de mí.
A mí esto de las tres dimensiones siempre me ha gustado mucho, así que cuando me enteré que se podían crear imágenes 3D con una simple foto y un programa de edición de imágenes me puse a ello. Se trata de hacer de la foto original otra ligeramente diferente, tal y como la verías con el otro ojo. Para eso lo único que hay que hacer es mover el objeto que quieres que esté más cerca en la fotografía. Una vez tienes las dos imágenes, una por cada ojo, la pones una junto a la otra y bizqueas los ojos hasta juntarlas. La imagen que resulta es la que verías con los dos ojos a la vez. El objeto que hayas movido creerás que está más cerca del resto.
Bueno, pues los astrónomos griegos parece que sí tenían ojos en la cara y se dieron cuenta de que si medían lo que un objeto se movía respecto a los objetos más lejanos cuando se miraba desde dos sitios distintos, podían decir a qué distancia estaba sin necesidad de recorrer el camino hasta este objeto con una regla en mano. Cuanto más se mueva respecto a los objetos del fondo, más cerca está. Y a este método, en vez de llamarlo El genial método para saber a qué distancia están las estrellas, ellos pensaron que era mejor llamarlo Trigonometría y enseñarlo de forma aburrida en los colegios de todo el mundo.
El genial método para saber a qué distancia están las estrellas es el que ha servido para saber la distancia a la Luna, el Sol, Marte, . . . y por supuesto a las estrellas. Aunque el método no sólo sirve para medir distancias. Gracias a la trigonometría también se pudo comprobar por ejemplo que la Tierra era redonda y calcular su radio. No está mal para algo tan aburrido sacado de la clase de mates.
Podría ahora explicaros el método para saber que la Tierra es redonda, pero no podría explicarlo de forma más clara que como me lo explicó a mí Carl Sagan en Cosmos. Así que no os voy a negar el privilegio de ver el primer capítulo de Cosmos: En la orilla del océano cósmico para saber cómo se puede determinar el radio de la Tierra. Baste decir que se trata simplemente de medir la sombra de un obelisco desde dos puntos diferentes de la Tierra a la misma hora y ver cómo son de diferentes entre sí. La diferencia de longitud de las sombras nos dará pistas de cómo de abombada está la Tierra y podremos estimar su radio.
Un montón de gente que, como yo, no creía que la Tierra era redonda, se puso a calcular otra vez el radio de la Tierra en el Año Internacional de la Astronomía, 2009. Y gracias a los alumnos de un total de 639 institutos de secundaria pudimos medir otra vez el radio de la Tierra y el resultado fue que la Tierra es redonda (sí, sí, redonda) y que tiene un radio de alrededor de 6500 km. ¡Pues vaya! La Tierra es redonda y en cambio yo la veo plana. Si me tuviera que fiar de mis sentidos...
Como decía, para medir distancias sólo tenemos que ver un objeto desde dos puntos de vista diferentes y ver cómo se desplaza respecto al fondo. Para determinar el radio de la Tierra, veíamos cómo cambiaba la sombra desde dos sitios de la Tierra. Pues bien, para medir la distancia a la Luna podemos observar cómo se ve desde dos puntos de la Tierra diferentes y así saber la distancia.
Pero si aquello a lo que queremos saber la distancia está muy lejos, ya no bastará con cerrar un ojo y luego otro, sino que nos tendremos que movernos nosotros para apreciar cómo el objeto se mueve. De igual manera, para saber las distancias a las estrellas, al estar más lejos, ya no es suficiente con mirarla desde dos puntos distintos de la Tierra, sino que deberemos esperar unos meses para darle tiempo a la Tierra a que se haya movido lo suficiente alrededor del Sol para apreciar el movimiento de la estrella en cuestión. Así se puede saber la distancia a las estrellas.
Ya lo véis. Midiendo la sombra de un palo podemos saber el radio de la Tierra. Sabiendo el radio de la Tierra podemos saber la distancia a la Luna. Y así seguimos hasta saber las distancias a los planetas del sistema solar, al mismo Sol y a las estrellas. Conociendo cosas cercana podemos llegar a saber como son las cosas lejanas.
Además, está bien tener la tranquilidad de que aquello que la ciencia nos dice se puede comprobar, incluso 2300 años después de hacerlo por primera vez un tal Eratóstenes en Alejandría. De esta forma, cada nuevo astrónomo no tiene que empezar de cero demostrándolo todo otra vez. Nos podemos fiar de lo que nos dijeron los científicos anteriores (igual que yo no he tenido que repetir lo que Carl Sagan ya explicó en su momento) y avanzar entre todos hacia un conocimiento del Cosmos que una persona no puede alcanzar ella sola en lo que dura su vida. Es a lo que se refería Newton cuando dijo que lo suyo no tenía mérito, porque si pudo mirar más lejos que los antiguos astrónomos era sólo porque él estaba mirando subido a hombros de gigante, el mismo gigante que empezaron a alimentar, desde pequeñito, los antiguos astrónomos para que pudiera crecer y ser grande (gigante debería decir). Pero si en algún momento no te fías (que haces bien), repite el experimento y convéncete tú mismo. Ése es el espíritu científico.
Así que me puse a indagar por qué dicen los astrónomos que saben todas esas cosas. Es lo bueno de la ciencia, que se construye poco a poco, sin prisas, y todo en base a experimentos que se pueden repetir. Así que no me tengo que fiar de lo que diga un astrónomo griego, sino que si le quiero buscar las cosquillas puedo repetir el mismo experimento y ver si tiene razón.
Y tras tanto indagar, resulta que la respuesta no es que estuviera todo el tiempo delante de mis ojos, sino que estaba en mis mismos ojos. ¿Os habéis preguntado alguna vez para qué tenemos dos ojos? Mi madre me repetía esa pregunta varias veces al día (sobretodo cuando me tropezaba en casa con algún jarrón y lo rompía ¿Para qué tienes dos ojos en la cara?, me decía con un enfado mal contenido). La respuesta es que tenemos dos ojos para ver en tres dimensiones. Es decir, si sólo tuviéramos un ojo veríamos el mundo como si fuéramos una cámara de fotos, sin sensación de profundidad. Todos los objetos creeríamos que están a la misma distancia de nosotros, como si de una foto se tratase. Pero con dos ojos cada uno ve los objetos desde un ángulo distinto y ligeramente distintos en función de la distancia a la que estén. Es el típico juego de ver el dedo de tu mano a diferentes distancias de tus ojos cerrando un ojo cada vez. Cuanto más cerca esté el dedo veremos que con cada ojo lo vemos en una posición diferente. Parece que se mueve. Se proyecta contra los objetos de fondo de forma distinta. Y cuanto más lejos, menos parece moverse el dedo. Es un efecto curioso (aunque advierto que este juego es sólo medianamente interesante si tienes que esperar durante mucho tiempo y no hay otra cosa mejor que hacer). Así pues, mi madre tenía razón. Para saber a qué distancia estaba el jarrón debía mirarlo con los dos ojos y así quizás no lo hubiera tirado porque habría sabido a qué distancia estaba de mí.
A mí esto de las tres dimensiones siempre me ha gustado mucho, así que cuando me enteré que se podían crear imágenes 3D con una simple foto y un programa de edición de imágenes me puse a ello. Se trata de hacer de la foto original otra ligeramente diferente, tal y como la verías con el otro ojo. Para eso lo único que hay que hacer es mover el objeto que quieres que esté más cerca en la fotografía. Una vez tienes las dos imágenes, una por cada ojo, la pones una junto a la otra y bizqueas los ojos hasta juntarlas. La imagen que resulta es la que verías con los dos ojos a la vez. El objeto que hayas movido creerás que está más cerca del resto.
Bizqueando tus ojos verás como las dos imágenes se juntan en una sola.
Trata de enfocarla y verás una imagen en tres dimensiones.
Bueno, pues los astrónomos griegos parece que sí tenían ojos en la cara y se dieron cuenta de que si medían lo que un objeto se movía respecto a los objetos más lejanos cuando se miraba desde dos sitios distintos, podían decir a qué distancia estaba sin necesidad de recorrer el camino hasta este objeto con una regla en mano. Cuanto más se mueva respecto a los objetos del fondo, más cerca está. Y a este método, en vez de llamarlo El genial método para saber a qué distancia están las estrellas, ellos pensaron que era mejor llamarlo Trigonometría y enseñarlo de forma aburrida en los colegios de todo el mundo.
El genial método para saber a qué distancia están las estrellas es el que ha servido para saber la distancia a la Luna, el Sol, Marte, . . . y por supuesto a las estrellas. Aunque el método no sólo sirve para medir distancias. Gracias a la trigonometría también se pudo comprobar por ejemplo que la Tierra era redonda y calcular su radio. No está mal para algo tan aburrido sacado de la clase de mates.
Podría ahora explicaros el método para saber que la Tierra es redonda, pero no podría explicarlo de forma más clara que como me lo explicó a mí Carl Sagan en Cosmos. Así que no os voy a negar el privilegio de ver el primer capítulo de Cosmos: En la orilla del océano cósmico para saber cómo se puede determinar el radio de la Tierra. Baste decir que se trata simplemente de medir la sombra de un obelisco desde dos puntos diferentes de la Tierra a la misma hora y ver cómo son de diferentes entre sí. La diferencia de longitud de las sombras nos dará pistas de cómo de abombada está la Tierra y podremos estimar su radio.
Un montón de gente que, como yo, no creía que la Tierra era redonda, se puso a calcular otra vez el radio de la Tierra en el Año Internacional de la Astronomía, 2009. Y gracias a los alumnos de un total de 639 institutos de secundaria pudimos medir otra vez el radio de la Tierra y el resultado fue que la Tierra es redonda (sí, sí, redonda) y que tiene un radio de alrededor de 6500 km. ¡Pues vaya! La Tierra es redonda y en cambio yo la veo plana. Si me tuviera que fiar de mis sentidos...
Como decía, para medir distancias sólo tenemos que ver un objeto desde dos puntos de vista diferentes y ver cómo se desplaza respecto al fondo. Para determinar el radio de la Tierra, veíamos cómo cambiaba la sombra desde dos sitios de la Tierra. Pues bien, para medir la distancia a la Luna podemos observar cómo se ve desde dos puntos de la Tierra diferentes y así saber la distancia.
Desde distintos puntos de la Tierra la Luna se ve en el mismo momento a diferentes alturas del horizonte.
Esto nos sirve para poder calcular la distancia a la Luna utilizando la trigonometría si sabemos
la latitud de los dos observadores y el Radio de la Tierra.
Pero si aquello a lo que queremos saber la distancia está muy lejos, ya no bastará con cerrar un ojo y luego otro, sino que nos tendremos que movernos nosotros para apreciar cómo el objeto se mueve. De igual manera, para saber las distancias a las estrellas, al estar más lejos, ya no es suficiente con mirarla desde dos puntos distintos de la Tierra, sino que deberemos esperar unos meses para darle tiempo a la Tierra a que se haya movido lo suficiente alrededor del Sol para apreciar el movimiento de la estrella en cuestión. Así se puede saber la distancia a las estrellas.
Para medir la distancia a las estrellas debemos observarla con medio año de
diferencia para ver cómo se mueve respecto a las estrellas más lejanas.
diferencia para ver cómo se mueve respecto a las estrellas más lejanas.
Ya lo véis. Midiendo la sombra de un palo podemos saber el radio de la Tierra. Sabiendo el radio de la Tierra podemos saber la distancia a la Luna. Y así seguimos hasta saber las distancias a los planetas del sistema solar, al mismo Sol y a las estrellas. Conociendo cosas cercana podemos llegar a saber como son las cosas lejanas.
Además, está bien tener la tranquilidad de que aquello que la ciencia nos dice se puede comprobar, incluso 2300 años después de hacerlo por primera vez un tal Eratóstenes en Alejandría. De esta forma, cada nuevo astrónomo no tiene que empezar de cero demostrándolo todo otra vez. Nos podemos fiar de lo que nos dijeron los científicos anteriores (igual que yo no he tenido que repetir lo que Carl Sagan ya explicó en su momento) y avanzar entre todos hacia un conocimiento del Cosmos que una persona no puede alcanzar ella sola en lo que dura su vida. Es a lo que se refería Newton cuando dijo que lo suyo no tenía mérito, porque si pudo mirar más lejos que los antiguos astrónomos era sólo porque él estaba mirando subido a hombros de gigante, el mismo gigante que empezaron a alimentar, desde pequeñito, los antiguos astrónomos para que pudiera crecer y ser grande (gigante debería decir). Pero si en algún momento no te fías (que haces bien), repite el experimento y convéncete tú mismo. Ése es el espíritu científico.
viernes, 12 de febrero de 2010
6. A ver si me sitúo...
El cielo ante mí (sobre mí). Un cúmulo de puntos que parecen brillar al ritmo del
cantar de los grillos. Confieso que me costó tiempo convencerme de que el parpadeo de las estrellas no estaba relacionado con el sonido de los grillos. ¡Vamos, pero si aparecen y desaparecen al ritmo del cri-cri !
Las estrellas no parpadean debido al cantar de los grillos, sino debido al aire de nuestra atmósfera. Es decir, las estrellas no cambian su brillo intrínseco (al menos no tanto en tan poco tiempo) sino que cuando su luz llega a la atmósfera de la Tierra ésta se desvía de forma diferente según la cantidad de aire que haya entre la estrella y nosotros. Como la atmósfera no está quieta, sino
que hay vientos que mueven el aire de un lugar a otro, no vemos las estrellas siempre igual, sino que parpadean. ¡Vaya, cómo si las viéramos mientras buceamos en el mar! Las estrellas no pararían de bailar según las olas las hagan aparecer y desaparecer.
Esto pasa porque las estrellas son puntuales. En el caso de los planetas, como
Júpiter, Saturno, Marte, etc., al estar más cerca de nosotros que las estrellas, los vemos más grandes. Ya no son simples puntos en el cielo sino manchurrones circulares. Así, aunque alguno de los rayos de luz de la superfície del planeta se desvíe, aún nos sigue llegando luz de algún otro punto del planeta y siempre lo seguimos viendo. No parpadea.
Entonces pues, es fácil reconocer los planetas. Son aquellos puntos gordos en el
cielo que no parpadean tanto. Bueno, y además los planetas también se reconocen fácilmente si los vamos observando noche tras noche. Planeta significa estrella errante en griego precisamente porque al observarlos noche tras noche son puntos que se mueven en relación con las otras estrellas. ¡Ostras! ¿Puede tener alguien tanta memoria como para acordarse de cómo estaban las estrellas ayer y saber que uno de esos puntitos se ha movido? ¡¡Uau!! ¡Vaya coco tienen los astrónomos, macho!
Por regla general, siempre que penséis que un astrónomo tiene mucho coco es que la cosa tiene truco. El truco en esta ocasión se llama Constelación. Una constelación es un grupito de estrellas que a los astrónomos (de forma más o menos imaginativa) nos recuerda a alguna cosa. El problema es que los astrónomos griegos que se encargardor de poner los nombres a las constelaciones tenían una imaginación un tanto extraña. Fijaos en la siguiente constelación.
Yo sólo veo una W o una M, pero los griegos antiguos veían una mujer llamada Casiopea. Pues resulta que la tal Casiopea creía que era muy guapa, mucho más que las hijas de Poseidón y por ser tan vanidosa, éste envió un monstruo marino a matar a su hija Andrómeda. ¡Vaya. toda una teleserie que tenían montados los griegos con sus dioses!
Supongo que en la actualidad cogeríamos nuestros personajes favoritos de la tele para representar las estrellas. Estaría bien tener una constelación llamada Constelación Homer, ¿No? Aunque no me extrañaria que algún astrónomo la quisiera llamar la constelación del gorila, o algo así.
En fin, que para acordarnos de dónde están las cosas, los astrónomos hacemos
dibujos en el cielo como si fuéramos niños pequeños y así podemos encontrar lo que buscamos con más facilidad. Por lo tanto, que no os engañen: Las constelaciones nos las hemos inventado los hombres. No hay nada que ligue físicamente una estrella con la otra. Ni siquiera están cercanas unas con otras. Cuando decimos, por ejemplo, que el Sol está en la constelación de Leo simplemente estamos diciendo que ha entrado en el dibujo que nosotros, desde nuestra perspectiva terrestre y con la imaginación de unos griegos ociosos, hemos decidido asignarle la dudosa forma de un León.
O sea, que los planetas se mueven con respecto a los dibujos de las constelaciones y por eso son ’estrellas errantes’. Aunque no todas las estrellas errantes son planetas. También los asteroides y los cometas se mueven. Los asteroides tienen aspecto puntual, como una estrella. En cambio los cometas tienen una cola o un aspecto más o menos difuso.
Cuando digo que se mueven hablo que se puede apreciar de un día para otro. O de una semana a otra. No digo que lo estés mirando y veas que se mueve. En ese caso lo que estás viendo es seguramente un OVNI. Sí, sí, un OVNI de orígen extraterrestre, claro. No hay nada que haya construído el hombre que vuele por el cielo. Tienen que ser de extraterrestres seguro... ¿O no? Bueeeno, vale. Seguramente si se mueve mucho un punto brillante en el cielo es mucho más probable que sea un avión, un helicóptero o un satélite artificial que una nave extraterrestre que viene a dejarnos un supertraje para que seamos héroes.
Los cometas no es lo único en el cielo con aspecto difuso. Las estrellas que vemos son todas de nuestra galaxia, la Vía Láctea. Pero también vemos otras galaxias y tienen aspecto de manchurrón en el cielo. En el cielo del hemisferio sur incluso podemos ver las Nubes de Magallanes, galaxias muy cercanas a la nuestra que vemos como si fueran nubes en el cielo. También hay nebulosas que pertenecen a nuestra propia Galaxia. Son regiones de formación de estrellas, donde el gas entre las estrellas aún está libre.
Muy bien, creo que ya estamos más o menos preparados para identificar lo que
vemos en el cielo y empezar a disfrutar.
cantar de los grillos. Confieso que me costó tiempo convencerme de que el parpadeo de las estrellas no estaba relacionado con el sonido de los grillos. ¡Vamos, pero si aparecen y desaparecen al ritmo del cri-cri !
Las estrellas no parpadean debido al cantar de los grillos, sino debido al aire de nuestra atmósfera. Es decir, las estrellas no cambian su brillo intrínseco (al menos no tanto en tan poco tiempo) sino que cuando su luz llega a la atmósfera de la Tierra ésta se desvía de forma diferente según la cantidad de aire que haya entre la estrella y nosotros. Como la atmósfera no está quieta, sino
que hay vientos que mueven el aire de un lugar a otro, no vemos las estrellas siempre igual, sino que parpadean. ¡Vaya, cómo si las viéramos mientras buceamos en el mar! Las estrellas no pararían de bailar según las olas las hagan aparecer y desaparecer.
Esto pasa porque las estrellas son puntuales. En el caso de los planetas, como
Júpiter, Saturno, Marte, etc., al estar más cerca de nosotros que las estrellas, los vemos más grandes. Ya no son simples puntos en el cielo sino manchurrones circulares. Así, aunque alguno de los rayos de luz de la superfície del planeta se desvíe, aún nos sigue llegando luz de algún otro punto del planeta y siempre lo seguimos viendo. No parpadea.
Los planetas, al ser objetos extensos no parpadean de forma
tan evidente como las estrellas, de aspecto puntual.
Entonces pues, es fácil reconocer los planetas. Son aquellos puntos gordos en el
cielo que no parpadean tanto. Bueno, y además los planetas también se reconocen fácilmente si los vamos observando noche tras noche. Planeta significa estrella errante en griego precisamente porque al observarlos noche tras noche son puntos que se mueven en relación con las otras estrellas. ¡Ostras! ¿Puede tener alguien tanta memoria como para acordarse de cómo estaban las estrellas ayer y saber que uno de esos puntitos se ha movido? ¡¡Uau!! ¡Vaya coco tienen los astrónomos, macho!
Por regla general, siempre que penséis que un astrónomo tiene mucho coco es que la cosa tiene truco. El truco en esta ocasión se llama Constelación. Una constelación es un grupito de estrellas que a los astrónomos (de forma más o menos imaginativa) nos recuerda a alguna cosa. El problema es que los astrónomos griegos que se encargardor de poner los nombres a las constelaciones tenían una imaginación un tanto extraña. Fijaos en la siguiente constelación.
¡Casiopea, muchacha, a ver si comes un poquito que estas muy delgaducha!
Yo sólo veo una W o una M, pero los griegos antiguos veían una mujer llamada Casiopea. Pues resulta que la tal Casiopea creía que era muy guapa, mucho más que las hijas de Poseidón y por ser tan vanidosa, éste envió un monstruo marino a matar a su hija Andrómeda. ¡Vaya. toda una teleserie que tenían montados los griegos con sus dioses!
Supongo que en la actualidad cogeríamos nuestros personajes favoritos de la tele para representar las estrellas. Estaría bien tener una constelación llamada Constelación Homer, ¿No? Aunque no me extrañaria que algún astrónomo la quisiera llamar la constelación del gorila, o algo así.
Une los puntos... ¡La constelación Homer!
En fin, que para acordarnos de dónde están las cosas, los astrónomos hacemos
dibujos en el cielo como si fuéramos niños pequeños y así podemos encontrar lo que buscamos con más facilidad. Por lo tanto, que no os engañen: Las constelaciones nos las hemos inventado los hombres. No hay nada que ligue físicamente una estrella con la otra. Ni siquiera están cercanas unas con otras. Cuando decimos, por ejemplo, que el Sol está en la constelación de Leo simplemente estamos diciendo que ha entrado en el dibujo que nosotros, desde nuestra perspectiva terrestre y con la imaginación de unos griegos ociosos, hemos decidido asignarle la dudosa forma de un León.
O sea, que los planetas se mueven con respecto a los dibujos de las constelaciones y por eso son ’estrellas errantes’. Aunque no todas las estrellas errantes son planetas. También los asteroides y los cometas se mueven. Los asteroides tienen aspecto puntual, como una estrella. En cambio los cometas tienen una cola o un aspecto más o menos difuso.
Cuando digo que se mueven hablo que se puede apreciar de un día para otro. O de una semana a otra. No digo que lo estés mirando y veas que se mueve. En ese caso lo que estás viendo es seguramente un OVNI. Sí, sí, un OVNI de orígen extraterrestre, claro. No hay nada que haya construído el hombre que vuele por el cielo. Tienen que ser de extraterrestres seguro... ¿O no? Bueeeno, vale. Seguramente si se mueve mucho un punto brillante en el cielo es mucho más probable que sea un avión, un helicóptero o un satélite artificial que una nave extraterrestre que viene a dejarnos un supertraje para que seamos héroes.
Los cometas no es lo único en el cielo con aspecto difuso. Las estrellas que vemos son todas de nuestra galaxia, la Vía Láctea. Pero también vemos otras galaxias y tienen aspecto de manchurrón en el cielo. En el cielo del hemisferio sur incluso podemos ver las Nubes de Magallanes, galaxias muy cercanas a la nuestra que vemos como si fueran nubes en el cielo. También hay nebulosas que pertenecen a nuestra propia Galaxia. Son regiones de formación de estrellas, donde el gas entre las estrellas aún está libre.
Muy bien, creo que ya estamos más o menos preparados para identificar lo que
vemos en el cielo y empezar a disfrutar.
viernes, 5 de febrero de 2010
5. ¿Y me hago llamar astrónomo?
Aunque no os lo creáis la semana pasada recibí primer telescopio. ¡Todo un doctor en astronomía y aún no me había comprado ningún telescopio en mi vida! ¿Y me hago llamar astrónomo?
Bueno, eso no quiere decir que no haya observado nunca por un telescopio, sino simplemente que he observado con telescopios que no eran míos. Si alguno de vosotros quiere mirar por un telescopio y no quiere comprarse uno, lo tiene muy fácil. Con ir a la agrupación astronómica más cercana seguro que se encuentra con un montón de gente amable que organiza excursiones nocturnas al campo para mirar las estrellas, y además tienen telescopio.
Finalmente me he decidido y me he comprado un telescopio. Pero para colmo resulta que tan sólo tiene 5 cm de diámetro. Se trata de un galileoscopio, un telescopio creado con motivo del año internacional de la astronomía, 2009, simulando el telescopio que utilizó Galileo Galilei por primera vez para observar los satélites de Júpiter, la Luna, . . . ¡Y tan sólo cuesta 30$! Es una muy buena iniciativa para que todo aquel que quiera hacer astronomía no ponga como excusa el precio de los telescopios para no tener uno en casa (como hice yo).
El momento de recibir mi galileoscopio me hizo recordar la época en la que decidí ser astrónomo. ¡Qué ilusión! Eso reconforta. Si después de tanto tiempo aún puedo sentir eso con la astronomía, quiere decir que no me he equivocado de profesión.
El galileoscopio lo tienes que montar tú mismo siguiendo unas instrucciones en inglés como si fuera un mueble de Ikea. Es divertido y además aprovechas para ver por dentro las partes de las que se compone tu telescopio.
Un amigo mío se pidió otro igual que yo y cuando lo montó se dio cuenta que un telescopio astronómico invierte la imagen (lo de arriba lo ves abajo y viceversa). Al observar estrellas esto no importa, pero si pretendes usar tu telescopio para espiar a la vecinita te puedes sentir estafado al darte cuenta tarde que se ve cabezabajo (¡Y encima verla boca abajo no sirve para que se le caiga la faldita por estar al revés, puesto que la gravedad sigue siendo la que es!).
Básicamente un telescopio refractor, como el de Galileo, consiste en dos juegos de lentes. Uno grande (objetivo) y otro más pequeño donde pones el ojo (ocular). La distancia entre las dos lentes se varía hasta que la imagen se ve enfocada.
Cuando os he dicho que mi telescopio era de tan sólo 5 cm de diámetro muchos os habréis quedado igual. Al contrario de lo que mucha gente piensa, lo importante en un telescopio no son los aumentos (que esto viene dado por cómo son las lentes de las que hablábamos) sino por el diámetro. Un telescopio es un instrumento que capta toda la luz que le entra y la concentra en el ojo (os podéis imaginar, pues, lo que pasa si en vez de ver las débiles estrellas de la noche miramos al brillante Sol del dia. NUNCA miréis al Sol por un telescopio sin la protección adecuada). Cuanto más diámetro tenga mi telescopio, más luz de las estrellas llega a mi ojo y, de esta forma, se pueden ver cosas más y más débiles. Es decir veo más estrellas que a simple vista y más brillantes.
Las estrellas son puntitos. Por muchos aumentos que tenga mi telescopio seguiré viendo las estrellas como puntos con la diferencia que cada vez veré menos estrellas a su alrededor porque estoy aislando la estrella más y más al tener más aumentos. Y además lo que también veo aumentados son los efectos de turbulencia de la atmósfera terrestre, por lo que dejo de ver una imagen nítida para verla borrosa y fluctuante. Para aumentar o disminuir los aumentos de un telescopio sólo tenemos que cambiar las lentes de las que se compone. Es más fácil cambiar la lente pequeña (el ocular), así que un telescopio suele tener varios oculares diferentes para cambiar los aumentos sin cambiar la cantidad de luz que recibe.
Lo primero que comprobé al montar mi pequeño telescopio es que necesitaba algo donde apoyarlo de forma estable para poder apuntar en condiciones. Al intentarlo sin apoyo vi como las estrellas que quería observar iban pasando por la imagen del telescopio pero que se iban en seguida porque yo no tenía el pulso suficiente. Así que tan importante como el telescopio es tener un buen punto de apoyo. Un trípode, una montura. Una vez apoyado y estable el siguiente paso es apuntar correctamente. El Galileoscopio que me compré tiene una simple mirilla, como si de una escopeta se tratara. Otros telescopios más grandes tienen un pequeño telescopio acoplado al grande (el buscador) sin tantos aumentos, para saber situar el objeto que queremos observar con más facilidad y una vez centrado en el buscador mirar por el ocular.
Cuando era profesor de astronomía observacional, la pregunta estrella era ”¿Y cuánto vale un telescopio?”. Pues ya véis que a mi me costó lo mismo que un perfume (sí, el año pasado mi mujer se quedó sin el perfume de cada Navidad para que yo pudiera comprarme el dichoso Galileoscopio). Y lo cierto es que la relación calidad-precio es casi infinita. Estoy deseoso de poder ver la Luna esta noche otra vez.
He hablado todo el tiempo de un telescopio como un conjunto de lentes, pero de hecho los telescopios más comunes hoy en día son los telescopios compuestos de espejos (ideados por Newton), no lentes, ya que ocupan menos. Ya véis que estamos hablando de Galileo y Newton, no de astrónomos desconocidos llamados Juanito y Jorgito. La creación de un instrumento para ver mejor las estrellas necesitaba buenas dosis de ingenio e inteligencia y no es de extrañar que fueran verdaderos genios los que se encargaran de acercarnos las estrellas a nuestros ojos.
Bueno, eso no quiere decir que no haya observado nunca por un telescopio, sino simplemente que he observado con telescopios que no eran míos. Si alguno de vosotros quiere mirar por un telescopio y no quiere comprarse uno, lo tiene muy fácil. Con ir a la agrupación astronómica más cercana seguro que se encuentra con un montón de gente amable que organiza excursiones nocturnas al campo para mirar las estrellas, y además tienen telescopio.
Finalmente me he decidido y me he comprado un telescopio. Pero para colmo resulta que tan sólo tiene 5 cm de diámetro. Se trata de un galileoscopio, un telescopio creado con motivo del año internacional de la astronomía, 2009, simulando el telescopio que utilizó Galileo Galilei por primera vez para observar los satélites de Júpiter, la Luna, . . . ¡Y tan sólo cuesta 30$! Es una muy buena iniciativa para que todo aquel que quiera hacer astronomía no ponga como excusa el precio de los telescopios para no tener uno en casa (como hice yo).
Imagen del Galileoscopio
El momento de recibir mi galileoscopio me hizo recordar la época en la que decidí ser astrónomo. ¡Qué ilusión! Eso reconforta. Si después de tanto tiempo aún puedo sentir eso con la astronomía, quiere decir que no me he equivocado de profesión.
El galileoscopio lo tienes que montar tú mismo siguiendo unas instrucciones en inglés como si fuera un mueble de Ikea. Es divertido y además aprovechas para ver por dentro las partes de las que se compone tu telescopio.
Un amigo mío se pidió otro igual que yo y cuando lo montó se dio cuenta que un telescopio astronómico invierte la imagen (lo de arriba lo ves abajo y viceversa). Al observar estrellas esto no importa, pero si pretendes usar tu telescopio para espiar a la vecinita te puedes sentir estafado al darte cuenta tarde que se ve cabezabajo (¡Y encima verla boca abajo no sirve para que se le caiga la faldita por estar al revés, puesto que la gravedad sigue siendo la que es!).
Básicamente un telescopio refractor, como el de Galileo, consiste en dos juegos de lentes. Uno grande (objetivo) y otro más pequeño donde pones el ojo (ocular). La distancia entre las dos lentes se varía hasta que la imagen se ve enfocada.
El telescopio concentra luz al pasar por el objetivo y el ocular en dirección al ojo
Cuando os he dicho que mi telescopio era de tan sólo 5 cm de diámetro muchos os habréis quedado igual. Al contrario de lo que mucha gente piensa, lo importante en un telescopio no son los aumentos (que esto viene dado por cómo son las lentes de las que hablábamos) sino por el diámetro. Un telescopio es un instrumento que capta toda la luz que le entra y la concentra en el ojo (os podéis imaginar, pues, lo que pasa si en vez de ver las débiles estrellas de la noche miramos al brillante Sol del dia. NUNCA miréis al Sol por un telescopio sin la protección adecuada). Cuanto más diámetro tenga mi telescopio, más luz de las estrellas llega a mi ojo y, de esta forma, se pueden ver cosas más y más débiles. Es decir veo más estrellas que a simple vista y más brillantes.
Las estrellas son puntitos. Por muchos aumentos que tenga mi telescopio seguiré viendo las estrellas como puntos con la diferencia que cada vez veré menos estrellas a su alrededor porque estoy aislando la estrella más y más al tener más aumentos. Y además lo que también veo aumentados son los efectos de turbulencia de la atmósfera terrestre, por lo que dejo de ver una imagen nítida para verla borrosa y fluctuante. Para aumentar o disminuir los aumentos de un telescopio sólo tenemos que cambiar las lentes de las que se compone. Es más fácil cambiar la lente pequeña (el ocular), así que un telescopio suele tener varios oculares diferentes para cambiar los aumentos sin cambiar la cantidad de luz que recibe.
Lo primero que comprobé al montar mi pequeño telescopio es que necesitaba algo donde apoyarlo de forma estable para poder apuntar en condiciones. Al intentarlo sin apoyo vi como las estrellas que quería observar iban pasando por la imagen del telescopio pero que se iban en seguida porque yo no tenía el pulso suficiente. Así que tan importante como el telescopio es tener un buen punto de apoyo. Un trípode, una montura. Una vez apoyado y estable el siguiente paso es apuntar correctamente. El Galileoscopio que me compré tiene una simple mirilla, como si de una escopeta se tratara. Otros telescopios más grandes tienen un pequeño telescopio acoplado al grande (el buscador) sin tantos aumentos, para saber situar el objeto que queremos observar con más facilidad y una vez centrado en el buscador mirar por el ocular.
Cuando era profesor de astronomía observacional, la pregunta estrella era ”¿Y cuánto vale un telescopio?”. Pues ya véis que a mi me costó lo mismo que un perfume (sí, el año pasado mi mujer se quedó sin el perfume de cada Navidad para que yo pudiera comprarme el dichoso Galileoscopio). Y lo cierto es que la relación calidad-precio es casi infinita. Estoy deseoso de poder ver la Luna esta noche otra vez.
He hablado todo el tiempo de un telescopio como un conjunto de lentes, pero de hecho los telescopios más comunes hoy en día son los telescopios compuestos de espejos (ideados por Newton), no lentes, ya que ocupan menos. Ya véis que estamos hablando de Galileo y Newton, no de astrónomos desconocidos llamados Juanito y Jorgito. La creación de un instrumento para ver mejor las estrellas necesitaba buenas dosis de ingenio e inteligencia y no es de extrañar que fueran verdaderos genios los que se encargaran de acercarnos las estrellas a nuestros ojos.
viernes, 29 de enero de 2010
4. El cielo nocturno
Recuerdo la primera vez que ví un cielo negro de verdad (no naranja). Os aseguro que ya no era ningún crío. Me pilló crecidito. Tendría 18 años probablemente y ya había decidido ser astrónomo de todas formas. Así que le puse cierto interés y viajé fuera de la ciudad, lo más aislado posible de las luces para poder mirar arriba sin vendas en los ojos y ver cómo era el Universo. Al bajar del coche no me lo creí. Literalmente. No creí que en el cielo hubiese tantos puntos brillantes. Había incluso zonas en las que el número de puntitos brillantes era tan grande que no se distinguían entre sí y parecían teñir de blanco el cielo. Os prometo que pensé que alguien me estaba tomando el pelo.
Alguien ha tenido que contratar este espectáculo para los paletos de la ciudad que queremos ver las estrellitas (vaya pensamiento más capitalista, ¿no? ¡Todo se puede comprar con dinero!).
Seguro que estoy dentro de un planetario o algo así, pensé. Esto no puede ser real. Miré en dirección a los coches en que habíamos llegado por si habían penetrado algún recinto, alguna carpa en la que se pudiera proyectar imágenes a modo de preámbulo de lo que nos esperaba. Quizás simplemente aquello de allá arriba era una fotografía proyectada o algo así. Pero no señor. Estaba en medio del campo de fútbol del pueblo, con las luces apagadas. Lo de allá arriba era el cielo que siempre se me había negado pero que siempre estuvo allí. ¡Qué maravilla! ¡Qué sensación tuve en aquel momento!. Y pensar que simplemente eran puntitos de luz en un fondo negro. Había en el grupo un chico que ya había visto el cielo anteriormente y era astrónomo aficionado, de forma que sabía más o menos qué eran cada uno de aquellos puntos.
- Aquella es Sírio, la estrella más brillante del cielo. Aquello es Júpiter, luego veremos sus lunas. Esa constelación es Orión, que representa un guerrero en el cielo.
A mí, sinceramente, si a algo me recordaban aquel grupito de estrellas, era a una cafetera, no a ningún guerrero. Me empecé a perder y corté a aquel chaval.
- Oye, ¿cómo sabes que aquello es Júpiter y no una estrella cualquiera?
- Las estrellas parpadean, los planetas como Júpiter, no.
Supongo que aquel chico pensó que me había solucionado mis dudas, porque se fue con aires de superioridad a montar los telescopios. Pero yo allí me quedé, con cara de tonto y preguntándome mil cosas a la vez. ¿Porque parpadean las estrellas? ¿Y porque los planetas no? ¿Como lo hizo aquel chaval para reconocer la constelación de Orión entre todas las estrellas del cielo? Además, yo ya sabía que las estrellas no estaban fijas en el cielo, sino que se iban moviendo debido a que la Tierra gira. Así que, igual que el Sol, todas las estrellas del cielo salen y se ponen por el horizonte. Eso, sin duda, tenía que hacer difícil el reconocer las estrellas en el cielo.
Luego aprendí que aquello tenía truco. Lo entendí un día, estando en un bar, en uno de esos asientos giratorios. Estaba aburrido, así que empecé a girar y girar. ¡Qué mareo! La gente frente a mí, giraba muy rápido y yo, que ya tenía alguna cerveza de más, me empecé a marear. Así que dejé de impulsarme e instintivamente miré hacia el techo, hacia la bombilla que había justo encima de mí, mientras la silla giraba más y más lento cada vez. Mirar la bombilla me ayudó porque, aunque yo seguía girando y girando, la bombilla no parecía moverse, y eso me permitió recuperar el aliento.
Pues bien, ya he mencionado que la Tierra también gira y por eso las estrellas se mueven. Pero entre todas aquellas estrellas tenía que haber alguna que estuviera justo encima nuestro, quieta, como la bombilla de aquel bar. Y ciertamente, esa estrella existe. La llamamos ’estrella polar’, porque precisamente coincide con el eje de rotación de la Tierra. En el polo Norte, esa estrella se encontraría justo encima nuestro durante toda la noche, y el resto de estrellas parecerían girar a su alrededor. Como no estamos en el polo Norte, si miramos hacia esa estrella, la estrella que parece estar fija en el cielo, estaremos mirando también hacia el Norte.
Es como una brújula nocturna natural. Y al revés, si miramos hacia el Norte sabemos que en aquella dirección debe estar la estrella polar. El resto de estrellas las podremos encontrar mejor si sabemos donde estan respecto a la estrella polar.
Y aquello es lo que, de hecho, hizo aquel chico para encontrar Orión. (Por supuesto, yo sigo creyendo que si no lo dijo fue para poder impresionarnos con lo mucho que sabía del Universo. Os confieso que conmigo consiguió su objetivo.)
Alguien ha tenido que contratar este espectáculo para los paletos de la ciudad que queremos ver las estrellitas (vaya pensamiento más capitalista, ¿no? ¡Todo se puede comprar con dinero!).
Visión del cielo desde un lugar alejado de las luces de la ciudad.
Seguro que estoy dentro de un planetario o algo así, pensé. Esto no puede ser real. Miré en dirección a los coches en que habíamos llegado por si habían penetrado algún recinto, alguna carpa en la que se pudiera proyectar imágenes a modo de preámbulo de lo que nos esperaba. Quizás simplemente aquello de allá arriba era una fotografía proyectada o algo así. Pero no señor. Estaba en medio del campo de fútbol del pueblo, con las luces apagadas. Lo de allá arriba era el cielo que siempre se me había negado pero que siempre estuvo allí. ¡Qué maravilla! ¡Qué sensación tuve en aquel momento!. Y pensar que simplemente eran puntitos de luz en un fondo negro. Había en el grupo un chico que ya había visto el cielo anteriormente y era astrónomo aficionado, de forma que sabía más o menos qué eran cada uno de aquellos puntos.
- Aquella es Sírio, la estrella más brillante del cielo. Aquello es Júpiter, luego veremos sus lunas. Esa constelación es Orión, que representa un guerrero en el cielo.
A mí, sinceramente, si a algo me recordaban aquel grupito de estrellas, era a una cafetera, no a ningún guerrero. Me empecé a perder y corté a aquel chaval.
- Oye, ¿cómo sabes que aquello es Júpiter y no una estrella cualquiera?
- Las estrellas parpadean, los planetas como Júpiter, no.
Supongo que aquel chico pensó que me había solucionado mis dudas, porque se fue con aires de superioridad a montar los telescopios. Pero yo allí me quedé, con cara de tonto y preguntándome mil cosas a la vez. ¿Porque parpadean las estrellas? ¿Y porque los planetas no? ¿Como lo hizo aquel chaval para reconocer la constelación de Orión entre todas las estrellas del cielo? Además, yo ya sabía que las estrellas no estaban fijas en el cielo, sino que se iban moviendo debido a que la Tierra gira. Así que, igual que el Sol, todas las estrellas del cielo salen y se ponen por el horizonte. Eso, sin duda, tenía que hacer difícil el reconocer las estrellas en el cielo.
Luego aprendí que aquello tenía truco. Lo entendí un día, estando en un bar, en uno de esos asientos giratorios. Estaba aburrido, así que empecé a girar y girar. ¡Qué mareo! La gente frente a mí, giraba muy rápido y yo, que ya tenía alguna cerveza de más, me empecé a marear. Así que dejé de impulsarme e instintivamente miré hacia el techo, hacia la bombilla que había justo encima de mí, mientras la silla giraba más y más lento cada vez. Mirar la bombilla me ayudó porque, aunque yo seguía girando y girando, la bombilla no parecía moverse, y eso me permitió recuperar el aliento.
Pues bien, ya he mencionado que la Tierra también gira y por eso las estrellas se mueven. Pero entre todas aquellas estrellas tenía que haber alguna que estuviera justo encima nuestro, quieta, como la bombilla de aquel bar. Y ciertamente, esa estrella existe. La llamamos ’estrella polar’, porque precisamente coincide con el eje de rotación de la Tierra. En el polo Norte, esa estrella se encontraría justo encima nuestro durante toda la noche, y el resto de estrellas parecerían girar a su alrededor. Como no estamos en el polo Norte, si miramos hacia esa estrella, la estrella que parece estar fija en el cielo, estaremos mirando también hacia el Norte.
Las estrellas parecen girar alrededor de la estrella polar si tomamos una fotografía
durante el suficiente tiempo como para apreciar el movimiento de las estrellas.
Es como una brújula nocturna natural. Y al revés, si miramos hacia el Norte sabemos que en aquella dirección debe estar la estrella polar. El resto de estrellas las podremos encontrar mejor si sabemos donde estan respecto a la estrella polar.
Y aquello es lo que, de hecho, hizo aquel chico para encontrar Orión. (Por supuesto, yo sigo creyendo que si no lo dijo fue para poder impresionarnos con lo mucho que sabía del Universo. Os confieso que conmigo consiguió su objetivo.)
martes, 26 de enero de 2010
3. ¿Pero se puede ser astrónomo?
Quizás ahora creéis que gracias al Sr. Spock o a Carl Sagan yo acabé siendo astrónomo.
¡Pues no señor! Gracias a Carl Sagan me dí cuenta que me gustaba la astronomía.
Pero quién realmente me hizo ser astrónomo fue un simple chaval de 13 años, compañero mío del colegio.
Era el último año de mi educación primaria y teníamos que empezar a pensar dónde nos íbamos a matricular el año siguiente en educación secundaria. Nuestra elección determinaría en qué nos convertiríamos cuando fuésemos mayores.
Yo no tenía la más remota idea de qué hacer con mi vida (¡ya con 13 años!). Pero tenía pensado empezar a hacer algo de provecho, alguna especialidad en Formación Profesional. Que me enseñaran algún oficio. Eso es lo que había elegido mi hermana y, además, la otra opción era pasarse un montón de años estudiando para luego hacer un examen de ingreso a la Universidad que quizás no aprobara y verme con muchos años sin ningún oficio en absoluto y empezando de cero.
La cosa es que un día la profesora nos preguntó qué queríamos ser de mayores para intentar orientarnos hacia una cosa o la otra. Un compañero quería ser conductor de autobuses. Otro quería ser relojero. Una chico que dibujaba muy bien quería hacer Diseño, etc.
El turno se acercaba a mí y yo no sabía qué contestar. De repente uno de mis
compañeros contestó: Astrónomo.
¡Ostras! ¿Se puede ser astrónomo? Toda mi vida me han hablado que uno puede
ser carpintero, tener una tienda, reparar coches, ser contable, abogado, etc. Pero, ¿¡astrónomo!? Eso es algo que sólo hacen en la NASA, ¿no? ¿España tiene astrónomos?
La profesora aconsejó a mi amigo que si quería ser astrónomo se apuntara a bachillerato y que acabara haciendo la carrera universitaria de Física o de Matemáticas.
Oye, pues si se puede ser astrónomo, yo me apunto. De hecho los documentales
de astronomía me gustan mucho y me molaría mucho viajar en la Enterprise y ver Júpiter de cerca. Así que como no tengo nada claro qué otra cosa quiero ser y esto me gusta mucho, ¡pues vamos allá! Supongo que debe ser difícil y que una vez acabe como no me vaya a la NASA aquí no me comeré un rosco pero es igual. Lo he decidido, ¡seré astrónomo!
En España hay cada vez más gente que, como yo, decidió en algún momento de
su vida ser astrónomo. El año 2002, la Sociedad Española de Astronomía (SEA) hizo un estudio de la situación de la astronomía en España. Para que os hagáis una idea, en aquel momento había en España 460 astrónomos, de los cuales sólo el 25% eran mujeres (¡Vaya, parece que no voy a ligar mucho si decido hacerme astrónomo!).
Lo que más investigan nuestros astrónomos son las estrellas de nuestra Galaxia (el 42% de ellos) seguido de los que estudian otras galaxias y el orígen del Universo (24%). Un 10% estudian el Sistema Solar y un 6% el propio Sol.
La verdad es que los astrónomos españoles se reparten bastante bien el trabajo,
ya que el 52% se dedican a observar el cielo y el 48% restante se dedican a la astronomía teórica, intentando explicar las observaciones de sus colegas mediante el análisis matemático o las simulaciones informáticas.
La mayoría de astrónomos, el 52% aún exploran el Universo en el rango de luz
visible (la del arco iris) con telescopios ópticos. Pero ya hay un 19% de ellos que se dedican a la radioastronomía y un 17% dedicados a la astronomía infrarroja.
Este es el estado de la astronomía en España. Ya véis que en España sí se puede
ser astrónomo profesional. Pero también es cierto que sólo la mitad de los astrónomos españoles poseen un puesto fijo. El resto de nosotros vamos tirando con contratos temporales, becas de condiciones mejorables, ... Sólo nuestra ilusión por dedicarnos a lo que nos gusta nos hace tirar adelante sin mirar los sueldos de nuestros amigos de la infancia, que con nuestra edad ganan más que nosotros desde hace el doble de tiempo.
Un amigo mío tiene una frase en su página web que dice "Trabaja en algo que te guste, y así no tendras que ir nunca a trabajar". Se podría decir que esa ha sido mi filosofía al escoger mi profesión y de momento no me arrepiento. Yo sigo queriendo ser astrónomo. Lo que no tengo tan claro es si la astronomía en España me quiere a mí también o no.
Por suerte, para hacer astronomía lo único que se necesita es mirar al cielo y dejarse emocionar por lo que se nos muestra.
PD: Dado los comentarios que ha generado este post en relación a cómo estudiar astronomía en España, os remito a un artículo de la revista Astronomía que precisamente analiza los centros educativos donde aprender astronomía. Espero que os sirva.
¡Pues no señor! Gracias a Carl Sagan me dí cuenta que me gustaba la astronomía.
Pero quién realmente me hizo ser astrónomo fue un simple chaval de 13 años, compañero mío del colegio.
Era el último año de mi educación primaria y teníamos que empezar a pensar dónde nos íbamos a matricular el año siguiente en educación secundaria. Nuestra elección determinaría en qué nos convertiríamos cuando fuésemos mayores.
Yo no tenía la más remota idea de qué hacer con mi vida (¡ya con 13 años!). Pero tenía pensado empezar a hacer algo de provecho, alguna especialidad en Formación Profesional. Que me enseñaran algún oficio. Eso es lo que había elegido mi hermana y, además, la otra opción era pasarse un montón de años estudiando para luego hacer un examen de ingreso a la Universidad que quizás no aprobara y verme con muchos años sin ningún oficio en absoluto y empezando de cero.
La cosa es que un día la profesora nos preguntó qué queríamos ser de mayores para intentar orientarnos hacia una cosa o la otra. Un compañero quería ser conductor de autobuses. Otro quería ser relojero. Una chico que dibujaba muy bien quería hacer Diseño, etc.
El turno se acercaba a mí y yo no sabía qué contestar. De repente uno de mis
compañeros contestó: Astrónomo.
¡Ostras! ¿Se puede ser astrónomo? Toda mi vida me han hablado que uno puede
ser carpintero, tener una tienda, reparar coches, ser contable, abogado, etc. Pero, ¿¡astrónomo!? Eso es algo que sólo hacen en la NASA, ¿no? ¿España tiene astrónomos?
La profesora aconsejó a mi amigo que si quería ser astrónomo se apuntara a bachillerato y que acabara haciendo la carrera universitaria de Física o de Matemáticas.
Oye, pues si se puede ser astrónomo, yo me apunto. De hecho los documentales
de astronomía me gustan mucho y me molaría mucho viajar en la Enterprise y ver Júpiter de cerca. Así que como no tengo nada claro qué otra cosa quiero ser y esto me gusta mucho, ¡pues vamos allá! Supongo que debe ser difícil y que una vez acabe como no me vaya a la NASA aquí no me comeré un rosco pero es igual. Lo he decidido, ¡seré astrónomo!
En España hay cada vez más gente que, como yo, decidió en algún momento de
su vida ser astrónomo. El año 2002, la Sociedad Española de Astronomía (SEA) hizo un estudio de la situación de la astronomía en España. Para que os hagáis una idea, en aquel momento había en España 460 astrónomos, de los cuales sólo el 25% eran mujeres (¡Vaya, parece que no voy a ligar mucho si decido hacerme astrónomo!).
Lo que más investigan nuestros astrónomos son las estrellas de nuestra Galaxia (el 42% de ellos) seguido de los que estudian otras galaxias y el orígen del Universo (24%). Un 10% estudian el Sistema Solar y un 6% el propio Sol.
Portada del libro editado por la Sociedad Española de Astronomía,
llamado Astronomía Made In Spain en las que se hace un resumen
de los trabajos más interesantes publicados en revistas como Science
o Nature por astrónomos españoles.
La verdad es que los astrónomos españoles se reparten bastante bien el trabajo,
ya que el 52% se dedican a observar el cielo y el 48% restante se dedican a la astronomía teórica, intentando explicar las observaciones de sus colegas mediante el análisis matemático o las simulaciones informáticas.
La mayoría de astrónomos, el 52% aún exploran el Universo en el rango de luz
visible (la del arco iris) con telescopios ópticos. Pero ya hay un 19% de ellos que se dedican a la radioastronomía y un 17% dedicados a la astronomía infrarroja.
Este es el estado de la astronomía en España. Ya véis que en España sí se puede
ser astrónomo profesional. Pero también es cierto que sólo la mitad de los astrónomos españoles poseen un puesto fijo. El resto de nosotros vamos tirando con contratos temporales, becas de condiciones mejorables, ... Sólo nuestra ilusión por dedicarnos a lo que nos gusta nos hace tirar adelante sin mirar los sueldos de nuestros amigos de la infancia, que con nuestra edad ganan más que nosotros desde hace el doble de tiempo.
Un amigo mío tiene una frase en su página web que dice "Trabaja en algo que te guste, y así no tendras que ir nunca a trabajar". Se podría decir que esa ha sido mi filosofía al escoger mi profesión y de momento no me arrepiento. Yo sigo queriendo ser astrónomo. Lo que no tengo tan claro es si la astronomía en España me quiere a mí también o no.
Por suerte, para hacer astronomía lo único que se necesita es mirar al cielo y dejarse emocionar por lo que se nos muestra.
PD: Dado los comentarios que ha generado este post en relación a cómo estudiar astronomía en España, os remito a un artículo de la revista Astronomía que precisamente analiza los centros educativos donde aprender astronomía. Espero que os sirva.
viernes, 22 de enero de 2010
2. Astronomia en la tele
Creo que mi pasión por la astronomía desde la ciudad viene de la cosa que más
hacemos la gente de ciudad: mirar la tele.
Cuando eres pequeño te pasas todo el tiempo que estás en casa mirando la televisión (bueno, cuando te dejan tus padres).
Una serie que me encantaba cuando era pequeño era Star Trek, con el capitán Kirk y Mr. Spock, es decir, la versión de los 60. Ahora a veces he visto alguno de sus capítulos y lo cierto es que me entra la risa de lo poco creíble que me resulta (mítica es la pelea del capitán Kirk con un lagarto gigante que parece rodada a cámara lenta. ¡Qué difícil debió ser para el capitán de la Enterprise evitar aquellos feroces zarpazos!).
Pero Star Trek es una serie que se debe ver mientras aún tienes imaginación y realmente te metes en las situaciones que ocurren en la pantalla, viajando a otros planetas de la Galaxia, descubriendo nuevas formas de vida y nuevas
civilizaciones, viajando hasta donde ningún hombre ha viajado anteriormente.
Los fans de Star Trek se llaman trekkies, lo cual ha venido a ser sinónimo de friki. Si te gusta Star Trek eres definido por la sociedad como uno de esos que van en pijama (para aquellos que no lo sepáis, el uniforme de la flota estelar tiene muchas similitudes con un pijama) a las convenciones de ciencia ficción. Yo nunca me he disfrazado de Mr. Spock, como tampoco me he disfrazado nunca de McGyver, ni de M.A. Barracus (aunque debo reconocer que sí me disfracé una vez de Cazafantasmas con tres amigos más ¡Pero era carnaval!) ni he ido a ninguna convención de ciencia ficción.
A mí de Star Trek me gustaba aquello de tomar primer contacto con nuevas formas de vida extraterrestre y cómo de diferente podían ser respecto al ser humano y también lo maravilloso que podía ser el Universo si había tantas cosas para descubrir que ni siquiera podemos llegar a imaginar sin haberlo visto anteriormente.
Bueno, resumiendo: Me gustaba Star Trek cuando era pequeño. Pero no ese no fue el motivo por el que me hice astrónomo (también me gustaba Verano Azul y nunca me compré un barquito de pescador para vivir en él).
Por la misma época en que veía Star Trek (supongo que a los 12 años o así) me
senté un domingo por la mañana con mi padre a ver la tele mientras mi madre nos preparaba la paella de los domingos.
Mi padre miraba muchos documentales de todo tipo en la tele. De Historia, de
leones, de insectos, de política, . . .Y la verdad es que la mayoría de los documentales que veía mi padre a mi por aquella época me aburrían a matar. Para mi un documental era aquello que se ponía en la tele después de comer para hacer la siesta sin el remordimiento de estar perdiéndote nada importante en la tele.
En fin, aquel domingo que me senté esperando la paella de mi madre, en la tele
estaban poniendo un documental de astronomía, en el cual un astrónomo comentaba cosas de astronomía de un modo muy simple y llano. Incluso yo, con tan sólo 12 años, me estaba enterando de todo. Resulta que la Tierra era redonda y que ya en la Grecia antigua hubo uno que se dedico a calcular cómo de grande era midiendo la sombra de unos palitos clavados en el suelo. ¡Alucinante!
La paella de mi madre llegó al acabar el documental, y yo me había pasado una hora mirando la tele con mi padre viendo algo que no eran ni dibujos ni ninguna película con explosiones o similar. Bueno, no ha estado tan mal.
Al domingo siguiente me encontré con la sorpresa de que el mismo astrónomo de la semana pasada salía en la tele de nuevo. Resulta que no era un documental aislado, sino una serie documental llamada Cosmos, y el astrónomo en cuestión se llamaba Carl Sagan.
Así que vi aquel segundo capítulo, y la semana siguiente también vi el tercero,
etc... Tengo que decir que hace poco vi de nuevo la serie Cosmos al completo y, al contrario de lo que me pasa con Star Trek, el mensaje de Cosmos sigue llegándome intacto gracias a la maravillosa forma con la que Carl Sagan explica las cosas. Así que desde aquí os recomiendo a todos que echéis un vistazo a Cosmos. Es una muy buena manera de esperar a que el arroz esté listo.
hacemos la gente de ciudad: mirar la tele.
Cuando eres pequeño te pasas todo el tiempo que estás en casa mirando la televisión (bueno, cuando te dejan tus padres).
Una serie que me encantaba cuando era pequeño era Star Trek, con el capitán Kirk y Mr. Spock, es decir, la versión de los 60. Ahora a veces he visto alguno de sus capítulos y lo cierto es que me entra la risa de lo poco creíble que me resulta (mítica es la pelea del capitán Kirk con un lagarto gigante que parece rodada a cámara lenta. ¡Qué difícil debió ser para el capitán de la Enterprise evitar aquellos feroces zarpazos!).
Pero Star Trek es una serie que se debe ver mientras aún tienes imaginación y realmente te metes en las situaciones que ocurren en la pantalla, viajando a otros planetas de la Galaxia, descubriendo nuevas formas de vida y nuevas
civilizaciones, viajando hasta donde ningún hombre ha viajado anteriormente.
Los fans de Star Trek se llaman trekkies, lo cual ha venido a ser sinónimo de friki. Si te gusta Star Trek eres definido por la sociedad como uno de esos que van en pijama (para aquellos que no lo sepáis, el uniforme de la flota estelar tiene muchas similitudes con un pijama) a las convenciones de ciencia ficción. Yo nunca me he disfrazado de Mr. Spock, como tampoco me he disfrazado nunca de McGyver, ni de M.A. Barracus (aunque debo reconocer que sí me disfracé una vez de Cazafantasmas con tres amigos más ¡Pero era carnaval!) ni he ido a ninguna convención de ciencia ficción.
A mí de Star Trek me gustaba aquello de tomar primer contacto con nuevas formas de vida extraterrestre y cómo de diferente podían ser respecto al ser humano y también lo maravilloso que podía ser el Universo si había tantas cosas para descubrir que ni siquiera podemos llegar a imaginar sin haberlo visto anteriormente.
Bueno, resumiendo: Me gustaba Star Trek cuando era pequeño. Pero no ese no fue el motivo por el que me hice astrónomo (también me gustaba Verano Azul y nunca me compré un barquito de pescador para vivir en él).
Por la misma época en que veía Star Trek (supongo que a los 12 años o así) me
senté un domingo por la mañana con mi padre a ver la tele mientras mi madre nos preparaba la paella de los domingos.
Mi padre miraba muchos documentales de todo tipo en la tele. De Historia, de
leones, de insectos, de política, . . .Y la verdad es que la mayoría de los documentales que veía mi padre a mi por aquella época me aburrían a matar. Para mi un documental era aquello que se ponía en la tele después de comer para hacer la siesta sin el remordimiento de estar perdiéndote nada importante en la tele.
En fin, aquel domingo que me senté esperando la paella de mi madre, en la tele
estaban poniendo un documental de astronomía, en el cual un astrónomo comentaba cosas de astronomía de un modo muy simple y llano. Incluso yo, con tan sólo 12 años, me estaba enterando de todo. Resulta que la Tierra era redonda y que ya en la Grecia antigua hubo uno que se dedico a calcular cómo de grande era midiendo la sombra de unos palitos clavados en el suelo. ¡Alucinante!
La paella de mi madre llegó al acabar el documental, y yo me había pasado una hora mirando la tele con mi padre viendo algo que no eran ni dibujos ni ninguna película con explosiones o similar. Bueno, no ha estado tan mal.
Al domingo siguiente me encontré con la sorpresa de que el mismo astrónomo de la semana pasada salía en la tele de nuevo. Resulta que no era un documental aislado, sino una serie documental llamada Cosmos, y el astrónomo en cuestión se llamaba Carl Sagan.
Así que vi aquel segundo capítulo, y la semana siguiente también vi el tercero,
etc... Tengo que decir que hace poco vi de nuevo la serie Cosmos al completo y, al contrario de lo que me pasa con Star Trek, el mensaje de Cosmos sigue llegándome intacto gracias a la maravillosa forma con la que Carl Sagan explica las cosas. Así que desde aquí os recomiendo a todos que echéis un vistazo a Cosmos. Es una muy buena manera de esperar a que el arroz esté listo.
viernes, 15 de enero de 2010
1. La contaminación lumínica
Siempre me ha parecido muy curioso que alguien como yo, que ha crecido en la ciudad, haya podido desarrollar algún tipo de interés por la astronomia.
Las grandes ciudades, al ir creciendo y modernizándose han ido poniendo más luces en sus calles. Caminando de noche por la ciudad puedes incluso llegar a creer que es de dia: Si se te cae una moneda al suelo, no te preocupes, seguro que la podrás encontrar aunque sea de noche. Si has quedado con un amigo y lo estás esperando, puedes perfectamente ponerte a leer un libro en la calle para pasar el rato. Si haces turismo de noche y quieres ver una iglesia muy bonita que hay en la ciudad, tampoco te preocupes, seguro que estarán iluminados cada uno de sus ladrillos, ofreciéndonos una vista maravillosa y evocadora de la época en la que se construyó (aunque es curioso que en la época en que se construyó, a estas horas esa iglesia no podría haber evocado nada parecido). Preocúpate más bien si vas a ver un partido de fútbol al estadio o si eres de los que les gusta contemplar los carteles publicitarios de noche. Es posible que debas incluso ponerte gafas de sol si no quieres acabar deslumbrado.
Así pues, ¡Qué bien! Vivimos en una sociedad tan moderna que ya no es necesario acabar nuestra actividad cuando al Sol le dé la gana irse a dormir, sino cuando nosotros queramos. Nosotros decidimos, no la naturaleza. Perfecto. Y llega un momento en el que nosotros decidimos acabar la jornada. Tarde o temprano necesitaremos dormir.
Si queremos dormir una siesta durante el dia, tenemos que cerrar las persianas bien si no queremos que un inoportuno rayo de Sol nos deslumbre y nos impida dormir el necesario sueño reparador. Pues bien, hemos llegado a un punto en el que también de noche es necesario cerrar las persianas en algunos hogares si no queremos tener la habitación iluminada con las luces de la calle o con los letreros parpadeantes de neón (como si de una pelicula policíaca en blanco y negro se tratase).
Cierre las persianas. Incluso si es verano y hace mucho calor. Cierre las persiana y encienda el aire acondicionado. Así podrá dormir. Y no se queje tanto que más difícil lo tiene quién no tiene persianas, o por ejemplo los animales urbanos que duermen al raso y a los que cada vez les es más difícil reconocer si es de día o de noche.
Por ejemplo, hay un tipo de polillas que sólo se reproducen de noche, y cada vez están más desorientadas sobre cuando es de noche y cuando no. Así que mucho deberán luchar estas polillas para no acabar extintas porque el ser humano necesita leer a las 3 de la mañana un panfleto en el que dice que si vas a tal o cual local te regalan dos chupitos gratis (información que, por otro lado, quizás también sea crucial para la reproducción del humano que lo lee, ¡quién sabe!).
No hablaré de lo costoso y contaminante que es producir tal cantidad de energía para producir toda esa iluminación nocturna. Oye, si es necesario producirla, ¡pues se produce! ¡No vamos a andarnos con chiquitas! Porque es necesario, ¿verdad? No me creo que gastemos tanto esfuerzo en producir toda esa energía si no fuese necesario.
¿Habéis visto alguna vez alguna imagen desde el espacio de nuestro planeta de noche?
De noche, desde tan arriba, se pueden reconocer perfectamente donde están las
ciudades. Son esos puntos iluminados. Nos podemos preguntar para que se ha generado la luz que vemos desde tan arriba. ¿Queremos iluminar el satélite que nos está haciendo la foto, por si no encuentra las pilas de recambio? Toda esa luz, no está iluminando nada en las calles. Es luz que estamos enviando directamente hacia arriba, al espacio. Es luz que estamos generando de más, innecesaria. Iluminamos edificios de abajo a arriba, utilizamos farolas que envían luz hacia abajo, a las calles, pero también hacia arriba, al cielo. ¿Para qué? Y si generáramos menos luz pero la enfocáramos donde se necesita, ¿no gastaríamos bastante menos?
Y tras todas estas vueltas que he dado, llego por fín al punto donde quería llegar
realmente. La luz enviada hacia arriba de forma ineficiente tiene otro efecto. Esta luz rebota, se dispersa en la atmósfera y parte de esa luz vuelve a llegarnos a la superfície de nuevo. De forma que todo el cielo parece brillar. Vemos el cielo en las ciudades completamente naranja. Y no es que las nubes sean naranjas, sino que naranjas son las luces de las autopistas y de las calles que no iluminan las autopistas o las calles, sino simplemente las nubes.
No hace falta que os diga cómo cambia esto el aspecto del cielo de noche. Basta mirar hacia arriba en la ciudad o en el campo un día despejado y comprobar que en el campo se ven muchas más estrellas (cada vez menos de todas formas, pues desde las afueras de las ciudades, aún se ve la burbuja de luz que producen las ciudades haciendo que el cielo en el campo cada vez brille también más y más).
Pues bien, yo me he pasado toda la infancia mirando al cielo y viendo simplemente uno o dos puntitos brillantes en el cielo y por suerte, la Luna, que brilla mucho y aún se puede ver con todo su esplendor. Entonces si para mí el cielo es simplemente una capa naranja ¿por qué he acabado dedicándome a la astronomía? ¿De dónde viene mi afición?
Las grandes ciudades, al ir creciendo y modernizándose han ido poniendo más luces en sus calles. Caminando de noche por la ciudad puedes incluso llegar a creer que es de dia: Si se te cae una moneda al suelo, no te preocupes, seguro que la podrás encontrar aunque sea de noche. Si has quedado con un amigo y lo estás esperando, puedes perfectamente ponerte a leer un libro en la calle para pasar el rato. Si haces turismo de noche y quieres ver una iglesia muy bonita que hay en la ciudad, tampoco te preocupes, seguro que estarán iluminados cada uno de sus ladrillos, ofreciéndonos una vista maravillosa y evocadora de la época en la que se construyó (aunque es curioso que en la época en que se construyó, a estas horas esa iglesia no podría haber evocado nada parecido). Preocúpate más bien si vas a ver un partido de fútbol al estadio o si eres de los que les gusta contemplar los carteles publicitarios de noche. Es posible que debas incluso ponerte gafas de sol si no quieres acabar deslumbrado.
Así pues, ¡Qué bien! Vivimos en una sociedad tan moderna que ya no es necesario acabar nuestra actividad cuando al Sol le dé la gana irse a dormir, sino cuando nosotros queramos. Nosotros decidimos, no la naturaleza. Perfecto. Y llega un momento en el que nosotros decidimos acabar la jornada. Tarde o temprano necesitaremos dormir.
Si queremos dormir una siesta durante el dia, tenemos que cerrar las persianas bien si no queremos que un inoportuno rayo de Sol nos deslumbre y nos impida dormir el necesario sueño reparador. Pues bien, hemos llegado a un punto en el que también de noche es necesario cerrar las persianas en algunos hogares si no queremos tener la habitación iluminada con las luces de la calle o con los letreros parpadeantes de neón (como si de una pelicula policíaca en blanco y negro se tratase).
Cierre las persianas. Incluso si es verano y hace mucho calor. Cierre las persiana y encienda el aire acondicionado. Así podrá dormir. Y no se queje tanto que más difícil lo tiene quién no tiene persianas, o por ejemplo los animales urbanos que duermen al raso y a los que cada vez les es más difícil reconocer si es de día o de noche.
Por ejemplo, hay un tipo de polillas que sólo se reproducen de noche, y cada vez están más desorientadas sobre cuando es de noche y cuando no. Así que mucho deberán luchar estas polillas para no acabar extintas porque el ser humano necesita leer a las 3 de la mañana un panfleto en el que dice que si vas a tal o cual local te regalan dos chupitos gratis (información que, por otro lado, quizás también sea crucial para la reproducción del humano que lo lee, ¡quién sabe!).
No hablaré de lo costoso y contaminante que es producir tal cantidad de energía para producir toda esa iluminación nocturna. Oye, si es necesario producirla, ¡pues se produce! ¡No vamos a andarnos con chiquitas! Porque es necesario, ¿verdad? No me creo que gastemos tanto esfuerzo en producir toda esa energía si no fuese necesario.
¿Habéis visto alguna vez alguna imagen desde el espacio de nuestro planeta de noche?
Europe at Night. Courtesy: DMSP and NASA.
ciudades. Son esos puntos iluminados. Nos podemos preguntar para que se ha generado la luz que vemos desde tan arriba. ¿Queremos iluminar el satélite que nos está haciendo la foto, por si no encuentra las pilas de recambio? Toda esa luz, no está iluminando nada en las calles. Es luz que estamos enviando directamente hacia arriba, al espacio. Es luz que estamos generando de más, innecesaria. Iluminamos edificios de abajo a arriba, utilizamos farolas que envían luz hacia abajo, a las calles, pero también hacia arriba, al cielo. ¿Para qué? Y si generáramos menos luz pero la enfocáramos donde se necesita, ¿no gastaríamos bastante menos?
Y tras todas estas vueltas que he dado, llego por fín al punto donde quería llegar
realmente. La luz enviada hacia arriba de forma ineficiente tiene otro efecto. Esta luz rebota, se dispersa en la atmósfera y parte de esa luz vuelve a llegarnos a la superfície de nuevo. De forma que todo el cielo parece brillar. Vemos el cielo en las ciudades completamente naranja. Y no es que las nubes sean naranjas, sino que naranjas son las luces de las autopistas y de las calles que no iluminan las autopistas o las calles, sino simplemente las nubes.
No hace falta que os diga cómo cambia esto el aspecto del cielo de noche. Basta mirar hacia arriba en la ciudad o en el campo un día despejado y comprobar que en el campo se ven muchas más estrellas (cada vez menos de todas formas, pues desde las afueras de las ciudades, aún se ve la burbuja de luz que producen las ciudades haciendo que el cielo en el campo cada vez brille también más y más).
Pues bien, yo me he pasado toda la infancia mirando al cielo y viendo simplemente uno o dos puntitos brillantes en el cielo y por suerte, la Luna, que brilla mucho y aún se puede ver con todo su esplendor. Entonces si para mí el cielo es simplemente una capa naranja ¿por qué he acabado dedicándome a la astronomía? ¿De dónde viene mi afición?
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